Queridos Reyes Magos:
Cuando recién comienza un nuevo año y aún vivimos las bonanzas de 2025, inconscientemente aparece la incertidumbre de lo que nos deparan los próximos 365 días. Para la gastronomía española se impone la duda de cómo seguir creciendo y conservar el oficio sin rompernos por dentro.
Así, nos lanzamos entonces a manifestar aquellas cosas que son un regalo no para el hostelero ni para el consumidor, sino para una experiencia gastronómica y más que eso, cultural por la que sentir orgullo. En 2026, no pedimos fuegos artificiales, sino más suelo firme bajo los pies.
De cara a 2026, el primer deseo es sencillo en teoría, pero profundo en la práctica y va de la sostenibilidad real. Tantas veces se repitió la palabra que quizás hemos olvidado su significado real. No queremos más certificaciones verdes, sino estrategias capaces de mantener restaurantes abiertos y equipos estables.
Que los horarios no destierren vocaciones, que los márgenes no asfixien buenas ideas y que resistir deje de ser un estado permanente, porque cuando una gastronomía se sostiene solo a base de resistencia acaba rompiéndose.
Para 2026 también pedimos pausa. Asistimos cada vez más a un mundo pautado por la celeridad: por ir corriendo a la compra, y a la vez a crear tendencias. El resultado son, entonces, intentos fallidos por “revolucionar” que acaban en sinsentidos, bien a la manera de platos que buscan inventar lo nunca visto o en eventos que generan ruido más que experiencia. Entendamos que la creatividad tiene sus propios tiempos y el marketing también puede pasar factura.
Con suerte, la innovación volverá a nacer del territorio y del oficio, y no de la necesidad de ser viral.
Sin ánimos de tecnofobia, ojalá y en 2026 se pueda comer más sin sacar el móvil. No hay nada malo en un plato instagrameable, pero cuando la cocina empieza a sonar a modas que generan FOMO y, luce más el colorido visual que la técnica o el sabor de un clásico de la infancia, huele un poco mal.
También hay nostalgia en esta carta. Nostalgia por las tradiciones cuidadas, de respeto en la mesa y agradecimiento. A fin de cuentas, no olvidar que comer juntos siempre fue algo más que alimentarse.
Pedimos, asimismo, que en 2026 no sea necesario el caos, ni lluvias ni apagones, para demostrar en la cotidianidad que la cocina es, ante todo, la expresión más genuina y primera de la solidaridad, sin tecnolgías que nublen demasiado el sentido común, ni la verdad. Que la comida rica no precisa de grandes rebuscamientos, ni aparatos.
Por último, quizá el más incómodo: coherencia. Que este 2026 los referentes lo sean dentro y fuera del plato, entendiendo que la cocina también educa y construye imaginarios. Si queremos ser verdaderamente revolucionarios, habrá que desempolvar las esencias.