Ego y soberbia: los ingredientes más tóxicos de la gastronomía española

Ego y soberbia: los ingredientes más tóxicos de la gastronomía española
Una reflexión sobre cómo el ego y la soberbia actúan como filtro en la construcción y proyección del relato gastronómico en España.
Ilustración que simboliza cómo el ego y la soberbia filtran el relato de la gastronomía española
El embudo del ego en la gastronomía española
Sunday, February 1, 2026 - 17:00

La gastronomía española atraviesa uno de los momentos de mayor reconocimiento internacional de su historia. premios, listas, congresos, auditorios llenos y discursos grandilocuentes dibujan un sector aparentemente sólido, admirado y en constante evolución. Sin embargo, bajo esa superficie brillante se cocina una receta que empieza a resultar indigesta: el ego y la soberbia como ingredientes dominantes.

No se trata de cuestionar el talento ni el esfuerzo de quienes contribuyen a situar a España en el mapa culinario mundial. Tampoco de negar el valor de la alta gastronomía como motor creativo, cultural y económico. El problema surge cuando el reconocimiento se convierte en trinchera, cuando el discurso deja de escuchar y empieza a imponer, y cuando el éxito se utiliza más para excluir que para construir.

La soberbia aparece cuando se pretende que una única mirada represente al conjunto. Cuando se descalifican enfoques distintos al propio. Cuando se confunde liderazgo con autoridad incuestionable. Y cuando se olvida que la gastronomía no se sostiene solo en el brillo, sino en una red compleja de profesionales, oficios y relaciones que hacen posible que el sector funcione.

Conviene recordar algo que a menudo se pasa por alto: las opiniones no siempre son críticas destructivas. La discrepancia forma parte del crecimiento, del pensamiento y del avance de cualquier sector vivo. Sin embargo, cuando algunos viven instalados en su burbuja de superhéroe, dejan de escuchar y, lo que es más grave, dejan de pensar. El aplauso constante no siempre protege; a veces adormece.

Alguien dijo el otro día una frase tan sencilla como reveladora: “cuidamos a quien nos cuida”. Y quizá ahí esté una de las claves que más se están perdiendo por el camino. Porque este debate no va únicamente de estrellas en los fogones ni de restaurantes experienciales que acaparan titulares y focos. La gastronomía es una cadena mucho más amplia, y lo preocupante es que ciertos comportamientos empiezan a contagiarse también a agencias, representantes y proveedores de servicios que orbitan alrededor del sector.

La permisividad, en este contexto, a veces asombra. Y conviene decirlo sin rodeos: los rankings no son símbolo de inmunidad. No convierten a nadie en intocable ni en infalible. Pero tampoco siempre son esas estrellas visibles las que actúan como muralla. En muchas ocasiones, el verdadero freno está en quienes les rodean: entornos que creen estar protegiendo y resguardando la lámpara de Aladino cuando, en realidad, lo único que hacen es perjudicar su imagen y dibujar un relato que no es.

Cuando el ego se normaliza en la cima, tiende a filtrarse hacia abajo. Se endurecen las formas, se rompe la empatía, se banaliza el esfuerzo ajeno y se diluye algo esencial: el respeto. Y el respeto no debería depender del tamaño del nombre, del altavoz mediático ni del lugar que se ocupe en la foto.

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El ego, además, rompe algo fundamental: el diálogo. Porque donde manda el ego no hay escucha, y sin escucha no hay avance. La gastronomía necesita debate, sí, pero también autocrítica, memoria y una mirada honesta hacia dentro. Memoria para recordar de dónde venimos y quiénes han hecho posible que hoy existan escenarios, congresos y reconocimientos.

En gastronomía, como en cualquier expresión cultural viva, la riqueza nace de la pluralidad. Cuando una sola mirada pretende ocupar todo el espacio, el mensaje se empobrece. No es la alta gastronomía la que falla, sino la forma en la que a veces se proyecta y se comunica, alejándola de su verdadero valor.

Conviene recordar algo básico, casi de sentido común, pero que a veces se diluye entre aplausos y egos inflados: igual que lo que sube, baja; lo que brilla también se convierte en sombra. Y el sector tiene memoria. Las actitudes dejan rastro. La forma en la que hoy se ejerce la influencia condicionará la credibilidad del mañana.

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La cocina española ha sido históricamente grande cuando ha sabido compartir, escuchar y aprender. Cuando la innovación ha ido de la mano del respeto. Cuando el talento no ha necesitado imponerse para ser reconocido. Quizá sea el momento de recordar que la verdadera excelencia no se mide solo en reconocimientos, sino en la capacidad de sumar, de cuidar y de generar futuro.

Porque si algo puede arruinar incluso el mejor plato, no es la falta de técnica ni de producto. Es, sin duda, el exceso de ego y soberbia.

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