El vino ya no se bebe menos, se bebe menos veces

El vino ya no se bebe menos, se bebe menos veces
El sector del vino no vive una crisis de consumo, sino de modelo. El vino ha salido de la rutina diaria para convertirse en una elección consciente. Menos frecuencia, más significado y un mercado que exige identidad, relato y valor frente al volumen.
Copa de vino sobre una barra
El fin del vino cotidiano
Monday, February 9, 2026 - 10:37

En España se habla de crisis en el sector del vino. Se repite en conversaciones profesionales, en titulares y en encuentros sectoriales. Pero para entender qué está ocurriendo conviene ir más allá del diagnóstico inmediato y descender al fondo de la cuestión de forma profesional, apoyándose en datos y no solo en percepciones. Porque la realidad es más compleja —y más interesante— de lo que sugieren los discursos alarmistas.

Según los últimos informes de la OIV, el consumo mundial de vino cerró 2024 en torno a los 214 millones de hectolitros, lo que supuso una caída aproximada del 3 % respecto al año anterior y situó el consumo global en su nivel más bajo desde comienzos de los años sesenta. Este descenso se concentra especialmente en los grandes mercados históricos del vino, donde confluyen factores económicos, cambios culturales y una transformación profunda de los hábitos de consumo.

España, sin embargo, presenta un comportamiento relativamente más estable en comparación con otros países productores. El consumo interno se ha mantenido en los últimos ejercicios en una horquilla cercana a los 9,7–9,8 millones de hectolitros, con oscilaciones moderadas y sin caídas bruscas. No hay, por tanto, un desplome del consumo que explique por sí solo la sensación de crisis que recorre al sector. Aunque no hay que olvidar que España recibe al año más de 90 millones de turistas y nuestro país huele a disfrute, fiesta, buen tiempo y alguna que otra copita de vino que hace que nuestro consumo interno de vino aumente y no necesariamente sea por nosotros.

Conviene matizar también lo que ocurre en la barra del bar, un termómetro histórico del consumo en España. El vino no ha desaparecido de la barra, ni mucho menos, pero su forma de estar ha cambiado. El tradicional chateo —frecuente, cotidiano, breve— ha dado paso al tardeo, más largo, más social y más ligado al ocio que a la rutina. Este desplazamiento no implica necesariamente menos consumo de alcohol en general, pero sí un menor protagonismo del vino, que pierde terreno frente a otras bebidas más asociadas a ese nuevo contexto. El resultado es un consumo menos repetido, menos automático y menos regular, que afecta directamente a la rotación del vino en hostelería, uno de los canales que históricamente sostenía el volumen y la presencia diaria del sector.

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El cambio no está en el consumo, sino en el hábito

La clave está en cómo se bebe. El vino no se bebe menos; se bebe menos veces. Ha salido de la rutina diaria y ha entrado definitivamente en el terreno de la elección consciente. Se consume menos por hábito y más por decisión. Menos entre semana, menos como acompañamiento automático, y más cuando existe un motivo, un contexto o una experiencia gastronómica que lo justifique.

Este cambio, aparentemente sutil, tiene consecuencias profundas. El volumen total puede sostenerse, pero la frecuencia disminuye, y con ella la velocidad de rotación. El vino tarda más en salir al mercado, permanece más tiempo inmovilizado y exige más razones para ser elegido. No es un problema del consumidor, sino de un sistema que durante décadas se construyó pensando en una cadencia distinta.

Buena parte del stock que hoy pesa sobre bodegas y cooperativas procede de decisiones tomadas en un contexto que ya no existe. Se produjo, se plantó y se embotelló para un mundo de consumo regular, exportaciones previsibles y mercados en expansión. Pero ese mundo ha cambiado, y el vino —producto lento por naturaleza— acusa con especial intensidad ese desfase entre producción y realidad comercial.

España: gran productora, consumo limitado

A esta situación se suma una paradoja histórica del mercado español. España es una gran productora y una gran exportadora, pero no un país de alto consumo per cápita. Cuando la exportación se ralentiza, el mercado interno no tiene capacidad para absorber todo el volumen generado. El vino que no encuentra salida fuera se queda dentro, presionando precios, ocupando espacio y generando una sensación de bloqueo que acaba traduciéndose en discurso de crisis.

Sin embargo, no todo el vino sufre por igual. El que más se atasca es el vino correcto pero anónimo, el que no ofrece un relato claro ni una razón específica para ser elegido. En cambio, los vinos con identidad, con una lectura territorial, gastronómica o cultural, siguen encontrando su espacio, aunque lo hagan en un mercado más lento, más selectivo y más exigente.

No es una crisis del vino, es una crisis de modelo

Por eso conviene afinar el diagnóstico. No estamos ante una crisis del vino como producto, sino ante una crisis de modelo. Una crisis del volumen frente al valor, de la repetición frente al significado. El stock no siempre es vino invendible, pero sí es vino inmovilizado, y esa inmovilidad genera tensión financiera, ansiedad comercial y decisiones defensivas que refuerzan la percepción de crisis.

El ajuste que vive el sector no será inmediato. Probablemente habrá menos vino cotidiano, menos litros y menos operadores, pero también un vino más consciente, más ligado al territorio, a la gastronomía y al momento elegido. Un vino que ya no quiere estar siempre, sino estar cuando tiene sentido.

En ese contexto, la idea clave es clara: no hay una crisis de consumo, sino una crisis de encaje. El vino no se bebe menos; se bebe menos veces. Y no todas las bodegas han hecho todavía ese tránsito.

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