Hay restaurantes que trascienden la mesa. Lugares donde comer no es solo una acción placentera, sino una forma de comprender un territorio, una cultura y una manera de estar en el mundo. Lera, en Castroverde de Campos, es uno de esos espacios excepcionales donde la gastronomía se transforma en relato, paisaje y memoria.
En un contexto dominado por la estandarización de sabores y discursos, Lera propone una mirada radicalmente distinta: volver al origen, al campo, a la cocina que nace de la necesidad y del conocimiento transmitido durante generaciones.
Aquí, cada plato es una declaración de principios y cada servicio, una invitación a detenerse y escuchar lo que la tierra tiene que contar.
La caza como lenguaje culinario contemporáneo
Hablar de cocina de caza en la alta gastronomía era, hasta hace relativamente poco, un territorio incómodo. Asociada durante años a lo rústico, lo excesivo o lo anecdótico, la cocina cinegética rara vez ocupaba un lugar central en los grandes discursos culinarios. En Lera, sin embargo, Luis Alberto Lera decidió situarla en el corazón del proyecto.
Liebre guisada, perdiz escabechada, pichón azulón o piezas menores de caza no aparecen aquí como rarezas, sino como protagonistas absolutas. El enfoque no es provocador ni nostálgico: es riguroso. Cada elaboración respeta la naturaleza del producto, su estacionalidad y su vínculo con la Tierra de Campos, reinterpretando recetas ancestrales con una sensibilidad contemporánea que huye del artificio.
Dignificar la cocina cinegética sin traicionar su origen
Durante décadas, la caza fue una cocina doméstica, ligada al autoconsumo, a la celebración puntual o a la supervivencia rural. Lera la saca de ese espacio privado y la coloca en el centro del mapa gastronómico sin despojarla de su verdad.
La osadía no está en transformar la caza en algo que no es, sino en demostrar que puede dialogar con la alta cocina sin perder identidad.
Aquí no hay disfraces ni técnicas superfluas: hay tiempo, conocimiento y respeto. La cocina cinegética deja de ser un recuerdo del pasado para convertirse en un lenguaje plenamente actual.
Tradición y vanguardia: un equilibrio difícil y necesario
Uno de los grandes valores de Lera es su capacidad para sostener un equilibrio complejo: modernizar sin desvirtuar, innovar sin borrar la memoria. Los fondos se elaboran con paciencia, las cocciones son precisas y cada plato se construye desde una comprensión profunda del producto y del entorno.
Nada responde a la casualidad. Cada decisión técnica está al servicio del sabor y del relato. En este sentido, Lera no busca sorprender con fuegos artificiales, sino conmover desde la honestidad. No es extraño que muchos críticos y colegas lo definan como un restaurante de culto, más cercano a una casa de pensamiento gastronómico que a un simple comedor.
El territorio como despensa y discurso
La cocina de Lera no podría existir sin la meseta castellana, sin sus inviernos largos, su paisaje austero y su relación histórica con la caza. Aquí, el territorio no es una excusa estética, sino el eje vertebrador del proyecto.
En tiempos de globalización acelerada, donde los ingredientes viajan más que las ideas, Lera reivindica una cocina profundamente localizada. No como gesto identitario vacío, sino como acto de coherencia. La gastronomía, parece decirnos, también es una forma de cuidar el paisaje y de preservar saberes que corren el riesgo de desaparecer.
Más que un restaurante: una postura cultural
Visitar Lera es asumir que la gastronomía puede ser también una forma de posicionarse. Frente a la cocina espectacular, propone profundidad. Frente a la inmediatez, tiempo. Frente a la homogeneización, identidad.
Comer aquí implica aceptar que el lujo no siempre está en lo exótico o lo importado, sino en hacer bien lo propio. En respetar el producto, al animal, al entorno y a quien se sienta a la mesa.
Salir de Lera deja una sensación poco habitual: la de haber aprendido algo. No solo sobre cocina, sino sobre identidad, territorio y responsabilidad. Allí se entiende que la gastronomía puede ser una herramienta para preservar la memoria colectiva y, al mismo tiempo, proyectarla hacia el futuro.
Lera no es un restaurante al uso. Es un lugar donde el tiempo se ralentiza y donde uno recuerda que la cocina, antes que tendencia, es cultura viva. Un espacio donde la caza deja de ser tabú para convertirse en relato.