Can Lluis: el restaurante en Barcelona que llega a la Berlinale
Hay lugares que son más que un restaurante. Son memoria. Son barrio. Son conversación lenta y mantel de tela. Son historia servida en plato hondo.
El caso de Can Lluís, en el corazón del Raval barcelonés, es uno de esos relatos que parecen escritos por la propia ciudad. Un restaurante que sobrevivió a la Guerra Civil, a la posguerra, a un atentado anarquista que marcó su suelo, literalmente, pero que no pudo resistir el empuje silencioso y demoledor de la especulación inmobiliaria.
Hoy, su historia ha cruzado una frontera inesperada: la del cine internacional. Convertido en ficción bajo el título Ravalear, es la primera serie española seleccionada en la sección oficial de la Berlinale, uno de los festivales más prestigiosos del mundo.
Una casa de comidas que era algo más que un negocio
Can Lluís nació en 1929 como una fonda popular llamada Can Mosques. Toneles de bacalao fresco secándose en la puerta atraían a las moscas del verano y daban nombre al lugar.
Cuando Lluís Rodríguez y Elisa Vilaplana tomaron el relevo, el restaurante adoptó su nombre definitivo y se convirtió en comedor de barrio, de cocina catalana honesta y sin artificios.
Durante décadas fue punto de encuentro de actores, periodistas, escritores y vecinos. Manuel Vázquez Montalbán, Peret, compañías teatrales, políticos… dejaron en sus paredes dibujos, dedicatorias y páginas de libros de visitas que hoy son archivo sentimental del Raval.
Pero Can Lluís no fue solo un refugio cultural. Fue también un espacio resiliente.
En 1946, una bomba explotó en el comedor. Murieron el bisabuelo y el tío abuelo de Pol Rodríguez, uno de los actuales impulsores de la serie. Las marcas de aquella explosión permanecieron visibles en el suelo hasta el cierre del restaurante. Una herida convertida en cicatriz urbana.
Cuando la especulación pudo más que la historia
Ni la guerra ni el atentado acabaron con Can Lluís. Lo hizo algo menos visible pero igual de implacable: la especulación inmobiliaria.
El fin de los contratos de renta antigua en 2014 disparó el alquiler. El Raval se transformó. La turistificación aceleró el proceso. El restaurante, que durante generaciones había sido casa y sustento de la familia Rodríguez, comenzó a tambalearse.
La pandemia de 2020 fue el golpe definitivo. El 14 de marzo bajó la persiana. Ya no volvería a abrir bajo aquella gestión. Poco después, un fondo de inversión adquirió el edificio. Cerraduras cambiadas. Orden de desahucio. Fin de ciclo.
Lo que no logró la bomba de 1946 lo consiguió el mercado del siglo XXI.
Ravalear: cuando la memoria se convierte en relato audiovisual
De esa herida nace Ravalear, dirigida por Isaki Lacuesta y Pol Rodríguez. En la ficción, el restaurante recupera su nombre original: Can Mosques. Enric Auquer encarna el alter ego de Pol, acompañado por María Rodríguez Soto y Quim Ávila.
La serie no se limita a contar el cierre de un restaurante. Explora los límites morales a los que puede llegar una familia para defender su legado. Habla de gentrificación, de identidad, de pertenencia. De lo que ocurre cuando el valor simbólico de un lugar no pesa tanto como su valor inmobiliario.
Que haya sido seleccionada en la Berlinale no es anecdótico. Es síntoma de que esta historia local tiene resonancia global.
La reapertura: una segunda vida
Y, sin embargo, el relato no terminó en la clausura.
En 2024, Denis Minkin y Olga Minkina adquirieron el local con la intención de recuperar su espíritu. Restauraron la nevera de hielo, el mostrador de mármol, las baldosas originales y, de manera casi ritual, la marca en el suelo del atentado de 1946.
En diciembre de 2025, Can Lluís volvió a abrir. No es exactamente el mismo restaurante. Tampoco es otro. Es una continuidad consciente. Una forma de decir que la memoria puede resistir incluso cuando cambia de manos.
Gastronomía, ciudad y resistencia
La historia de Can Lluís no es solo gastronómica. Es urbana. Es política. Es cultural.
En un momento en que muchas ciudades europeas ven desaparecer sus casas de comidas históricas bajo el peso de la inversión inmobiliaria, este caso pone el foco en una pregunta incómoda: ¿qué valor damos al patrimonio culinario?
Los restaurantes no son solo negocios. Son espacios de identidad compartida. Cuando desaparecen, la ciudad pierde algo que no figura en ningún balance contable.
Que esa historia haya llegado a la Berlinale confirma algo más profundo: la gastronomía ya no se cuenta solo en platos. Se cuenta en relatos. En memoria. En resistencia. Y en ocasiones, también en pantalla grande.