El nombre de una cena medieval

Creado: Dom, 28/06/2015 - 19:31
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Por: Crítico y narrador Frank Padrón
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Aunque el Medioevo se asocia con el oscurantismo y la austeridad, el atraso y el rechazo a los placeres corporales bajo la tiranía de la Iglesia católica, ello no es exactamente cierto, al menos en todas sus etapas.


El medievalista Jacques Le Goff deja bien claro que al menos entre los siglos X y XIII, o lo que nombra como “Edad Media central”, hubo una suerte de renacimiento, donde también la comida comenzó a aportar una marca social: las clases más favorecidas se iban de caza y la carne asada resultaba un signo de elegancia y poder, mientras que se  miraba con desprecio a los rústicos que trabajaban en el campo y se alimentaban básicamente de sus productos.

Sin embargo, en la Baja Edad Media (aproximadamente desde finales del siglo XIII hasta finales del XV), el acompañamiento del pan se hace común a todos los estratos.


El principal lujo es, precisamente, el alimenticio, incluyendo los ya no tan ascéticos religiosos, quienes procuran los mejores cocineros y cultivan fructíferos viñedos en las abadías. Surge, sin más, la etiqueta.


En su novela El nombre de la rosa, el semiólogo y narrador italiano Umberto Eco rinde homenaje a uno de los textos donde aparece uno de aquellos banquetes medievales (o anteriores, de la llamada Antigüedad tardía) precisamente el texto considerado iniciador de la literatura paródica en la época: Coena Cypriani (La cena de Cipriano), cuento europeo escrito hacia el siglo V o VI, atribuido a San Cipriano (249-58), obispo de Cartago y vertido al latín por Rábano Mauro en época carolingia (855).


En él se satirizan pasajes y personajes bíblicos teniendo como fondo una gran fiesta nupcial ofrecida por el rey oriental Joel en la ciudad galilea de Caná –como se sabe, escenario de aquel lugar donde Jesús transformó el agua en vino, precisamente en el marco de una boda– y donde se despoja a los célebres caracteres de su seriedad para hacerlos entrar en el terreno (o no) del grotesco y la burla.


En nombre de la intertextualidad sobre la que el gran ensayista italiano tanto escribió –y “predicó con el ejemplo” –, leemos el relato en la forma que lo narra el novicio Adso, “asistente” del detective Guillermo de Baskerville, quienes en la novela, como se sabe, investigan crímenes cometidos en una abadía benedictina medieval. De ahí la pertinencia temporal y espacial del texto revisitado y re-contado.


El capítulo “Sexto día. Tercia” (“Donde, mientras escucha el Dies irae, Adso tiene un sueño o visión, según se prefiera”) muestra pormenorizado el relato paródico; como no conocemos el original, no podemos calar qué ha quedado de él en la “versión” de Eco y hasta dónde llega el aporte del novelista. Mas de cualquier manera, la carnavalización bajtininiana (inversión de valores) aparece desde los párrafos iniciales: la cocina vira como un guante su orden y sobriedad y se transforma en un descalabro, una verdadera locura. Claro que “el sueño –o visión, según se prefiera” – admite todo, pero de cualquier manera la subversión del ritmo natural, esperado en un proceso culinario, salta a la vista:


Todo era un rojo centelleo de estufas y calderos, y cacerolas hirvientes que echaban humo mientras que a la superficie de sus líquidos afloraban grandes burbujas crepitantes que luego estallaban haciendo un ruido sordo y continuo. Los cocineros pasaban enarbolando asadores, mientras los novicios, que se habían dado cita allí, saltaban para atrapar los pollos y demás aves ensartadas en aquellas barras de hierro candentes…


 El nuevo texto insiste en el delirante estilo irreverente y desenfadado que acaso tuvo el texto original, y que el autor defendía aludiendo a un presunto “valor didáctico” que facilitaba mediante el humor, “la memorización de figuras bíblicas”. Pero, cualquiera que fuera su intención, lo cierto es que se asistía, dentro de la escolástica y el dogmatismo medievales, a un verdadero carnaval de mofa y alegoría sarcástica.


En la versión de Eco abundan las enumeraciones, sumadas a ese tono delirante más cercano a la “fiesta” renacentista y sus ejercicios lúdicros. Apréciese esta, donde se relacionan personajes y alimentos:


 El refectorio se iba llenando de gente que comía a dos carrillos. Jonás traía calabazas; Isaías, legumbres; Ezequiel, moras; Zaqueo, flores de sicómoro; Adán, limones; Daniel, altramuces; Faraón, pimientos; Caín, cardos; Eva, higos; Raquel, manzanas; Ananías, ciruelas grandes como diamantes; Lía, cebollas; Aarón, aceitunas; José, un huevo; Noé, uva; Simeón, huesos de melocotón, mientras Jesús cantaba el Dies irae y derramaba alegremente sobre todos los alimentos el vinagre que exprimía de una pequeña esponja antes ensartada en la lanza de uno de los arqueros del rey de Francia.


Aventurado sería intentar una razón sobre la correspondencia entre los comestibles y los hombres y mujeres bíblicos a quienes se atribuyen, pero lo que sí no admite discusión es el afán paródico de la serie; algunas simetrías saltan a la vista (la del homicida Caín, Jonás durmió bajo una calabacera su ira contra Jehová, el publicano Zaqueo había sido visto por Jesús en lo alto de un sicómoro). Mas lo verdaderamente significativo es el revestimiento humorístico de la solemnidad y carácter sagrado de las Escrituras, incluyendo la crucifixión del hijo de Dios, empleando un símbolo de su martirio –el vinagre con que intentaron aplacar su sed– y, como si fuera poco, introduciendo un anacronismo (el monarca francés).


Hay que agradecer a Eco la actualización –revelación para la gran mayoría– de un texto ilustrativo de las nuevas corrientes dentro de la literatura medieval y, más allá incluso, de los nuevos aires que corrían en la sociedad, que iba abriéndose a modernizaciones y senderos mucho más novedosos, incluyendo los criterios en torno a la alimentación.


Dentro de un libro como El nombre de la rosa que, entre otros objetivos pretendió legitimar la risa como imprescindible para el ser humano, contra la prescripción que de ella pretendía cierta ortodoxia eclesiástica –personificada aquí en Jorge de Burgos– al considerarla hereje y contraria a la voluntad divina, un intertexto como la Coena Cypriani encaja a la perfección.


Claro que, en medio de una trama fictiva y habiéndonos llegado el relato a través de un sueño, el personaje se refiere más bien a un proceso de creación surrealista por parte del narrador. Pero no hay que indagar mucho bajo la letra para hallar una legitimación de los procesos intertextuales gracias a los cuales, en definitiva, nos ha llegado el adelantado cuento medieval, “sazonando” una historia justamente ambientada en esa etapa apasionante de la humanidad, con toda la gracia, el conocimiento de causa y la estatura escritural del maestro Umberto Eco.
 

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