Caja de Huevos abre en Chueca y convierte los huevos rotos en objeto de deseo

Caja de Huevos abre en Chueca y convierte los huevos rotos en objeto de deseo

Huevos con bogavante, anchoas sobadas en casa, torpedo y rosbif con bearnesa. Así es Caja de Huevos, lo nuevo de Enrique y Carlos Valentí en Madrid.
Fachada de Caja de Huevos, el nuevo bar de Enrique y Carlos Valentí en la calle Pelayo de Chueca, Madrid.
aja de Huevos, el nuevo bar de Enrique y Carlos Valentí en Chueca
Miércoles, Septiembre 30, 2026 - 18:00

Después de convertir Caja de Cerillas en una de las aperturas más comentadas de Madrid, Enrique Valentí vuelve a mover ficha. Esta vez lo hace junto a su hermano Carlos y cambia Chamberí por Chueca, la casa de comidas por la barra y la reserva difícil por un formato completamente espontáneo.

Su nuevo proyecto se llama Caja de Huevos y ocupa el número 35 de la calle Pelayo. Ellos mismos lo definen como un “Bar de Avituallamiento”, una expresión que resume bastante bien lo que ocurre dentro: es más que un bar, menos que un restaurante y, sobre todo, un lugar pensado para entrar sin demasiados planes, pedir una caña, picar algo y acabar quedándose bastante más de lo previsto.

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Detalles de la mesa

El espacio tiene barra, comedor, cocina abierta y un ambiente deliberadamente informal. Las mesas llevan manteles de papel, la huevera aparece convertida casi en icono y la sensación general está lejos de cualquier solemnidad gastronómica. Aquí se viene a comer, beber y disfrutar.

La apertura encaja además en un momento en el que Chueca sigue consolidándose como uno de los barrios gastronómicos más dinámicos de Madrid. 

El huevo como excusa para construir todo un bar

El corazón de Caja de Huevos son los llamados “platos rotos”, seis interpretaciones del binomio aparentemente inagotable de huevos y patatas.

La carta los propone con combinaciones que van desde la chistorra o el jamón ibérico hasta versiones con guanciale, pecorino y pimienta, bogavante al ajillo o caviar imperial. El concepto parte de una cocina reconocible, popular y muy de barra, pero se permite llevarla a un terreno más festivo cuando el producto lo pide.

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Huevos con bogavante al ajillo

En nuestra visita elegimos una de las versiones más tentadoras: los huevos con bogavante al ajillo. Es un plato que resume bastante bien la filosofía de la casa, porque parte de algo absolutamente popular, huevos y patatas, y lo lleva a un terreno más goloso sin convertirlo en una elaboración innecesariamente sofisticada.

Pero limitar Caja de Huevos a los huevos sería quedarse solo con una parte de la historia.

Antes llegan platos de barra con mucha personalidad. Probamos su ya reconocible torpedo, unas anchoas sobadas en casa y unos boquerones en vinagre que funcionan exactamente como deberían hacerlo este tipo de aperitivos: salinos, directos y con ganas de pedir otra caña.

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Anchoas sobadas en casa

Especialmente disfrutables fueron también las láminas de ventresca de atún al ajillo con pimientos de Padrón, uno de esos platos que parecen sencillos hasta que el producto y la ejecución hacen todo el trabajo.

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Láminas de ventresca de atún al ajillo con pimientos de Padrón

La importancia de ese producto sencillo bien tratado recuerda a algo que hemos encontrado también en otras mesas madrileñas. En Desde 1911, por ejemplo, incluso un boquerón puede convertirse en uno de los bocados más memorables cuando la calidad de la materia prima y el oficio están en primer plano. 

La carta de Caja de Huevos completa ese universo con patatas bravas, ensaladilla de lubina, tostada de bonito con piparras, mejillones, chacinas y otros bocados de despensa. También aparecen los macarrones de Caja de Cerillas, un guiño directo a la casa de Chamberí y una forma de mantener el hilo entre ambos proyectos.

Del bogavante al rosbif sin abandonar el espíritu de barra

Después de los huevos con bogavante, el rosbif de solomillo con salsa bearnesa demuestra que Caja de Huevos también sabe alejarse del argumento que le da nombre. Es un plato más clásico, contundente y reconocible, pero mantiene el tono informal que atraviesa toda la propuesta.

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Rosbif de solomillo con salsa bearnesa

La cocina de Enrique Valentí funciona especialmente bien cuando no intenta reinventar aquello que no necesita ser reinventado. Hay técnica, pero no exhibicionismo; hay producto, pero sin convertirlo en discurso. En ese sentido, Caja de Huevos se mueve en un terreno parecido al de otros restaurantes madrileños que han encontrado una identidad propia precisamente al huir de las etiquetas. Es el caso de Poncio by Willy Moya, donde alta cocina, tapas, producto y disfrute conviven sin necesidad de escoger entre formalidad y desenfado. 

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 Piña con cachaça y hierbabuena y  mousse de chocolate con nata

La parte dulce mantiene esa misma filosofía. Probamos una piña con cachaça y hierbabuena, fresca y agradecida después de una comida intensa, y una mousse de chocolate con nata, más golosa y directa.

Si hubiera que señalar un punto mejorable en nuestra visita, sería el pan, que llegó algo chicloso y quedó por debajo del nivel general de la comida. Es un detalle menor dentro de una experiencia muy sólida, pero precisamente porque el concepto se apoya en preparaciones aparentemente sencillas, los básicos deberían acompañar al mismo nivel.

Cañas, vino y una sala que sabe lo que hace

Caja de Huevos también quiere funcionar como bar de verdad, y eso implica que beber no es un complemento secundario. La propuesta incluye vermús, cervezas y alrededor de 50 referencias de vino pensadas para disfrutarse sin demasiados protocolos.

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Trenzado de Suertes del Marqués

Nosotros empezamos con unas cañas y continuamos con una botella de Trenzado de Suertes del Marqués, un blanco canario que acompañó especialmente bien tanto los aperitivos marinos como los huevos con bogavante.

En sala, el servicio de Álvaro Alonso, que lleva un largo recorrido trabajando con los hermanos Valentí, volvió a demostrar por qué el oficio importa incluso en un espacio que presume de informalidad. Cercano, preciso y atento sin resultar invasivo, estuvo de diez.

Y aquí hay una clave importante: informal no significa improvisado. Caja de Huevos puede tener manteles de papel, una carta desenfadada y una dinámica de barra, pero detrás hay ritmo, conocimiento del producto y un equipo que entiende perfectamente qué tipo de experiencia quiere construir.

El protagonismo de la sala llega además en un momento especialmente interesante para la restauración madrileña. Los recién celebrados Premios LITO 2026 han vuelto a poner el foco en la importancia de la atención, el conocimiento del producto y el ritmo del servicio como partes esenciales de la experiencia gastronómica. 

Sin reservas y con la barra como declaración de intenciones

A diferencia de Caja de Cerillas, Caja de Huevos no admite reservas. El sistema es simple: se llega, se busca sitio y se come. Esa espontaneidad forma parte del concepto y permite que alguien pueda entrar simplemente a tomar una cerveza y unas bravas y terminar cenando huevos con bogavante.

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Vista del restaurante Caja de Huevos

El formato también conecta con una tendencia más amplia de la restauración madrileña: recuperar casas, bares y tabernas donde técnica y producto conviven con una experiencia menos rígida. Esa evolución puede verse también en propuestas como Trèsde, que reinterpreta la casa de comidas desde una mirada contemporánea, o en La Taberna de Elia, donde la cultura de producto sigue siendo el eje de una experiencia cercana y reconocible. 

Carlos Valentí está especialmente vinculado a este nuevo proyecto mientras Enrique mantiene también su actividad en Caja de Cerillas, de modo que ambas direcciones terminan funcionando como dos caras de una misma forma de entender la hostelería: una más reposada y otra más callejera, directa y espontánea.

Caja de Huevos podría haberse quedado fácilmente en una buena ocurrencia de nombre y en media docena de versiones de huevos rotos. No lo hace. Tiene una idea clara de lo que quiere ser, platos que justifican la visita más allá del concepto y algo especialmente valioso en el Madrid actual: la sensación de que uno puede entrar simplemente a tomar algo y acabar montándose una comida memorable sin haberlo planeado.

Y quizá ahí está su mayor acierto. Porque aunque el huevo sea el protagonista, lo que realmente engancha en Caja de Huevos es recuperar el bar como lugar de encuentro, improvisación y buen comer.

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