Así es un huerto urbano: un cultivo de comunidad en plena ciudad

Así es un huerto urbano: un cultivo de comunidad en plena ciudad

Un huerto urbano es mucho más que un espacio comunitario basado en la agricultura, sino que funciona como una especie de refugio emocional y social. Estos territorios urbanos frenan la vida acelerada y educan a mayores y pequeños sobre la alimentación real.
Huerto Urbano de Chamartín
Huerto Urbano de Chamartín
Domingo, Mayo 17, 2026 - 12:00

La pandemia marcó un antes y un después. Durante aquellos meses muchas personas comenzaron a caminar más —y a observar su entorno— y descubrieron espacios que funcionaban como refugios donde respirar y desconectar del ritmo de la ciudad cuando todo aquello hubiera pasado. Así comenzó a hablarse un poco más de los huertos urbanos.

En el Día Mundial del Hortícultor, no había mejor momento para recordar que el huerto urbano se ha convertido en mucho más que un espacio de cultivo. Así lo defiende Eduardo Fisbein, responsable del huerto urbano de Chamartín, una iniciativa comunitaria ubicada en Madrid, quien entiende y divulga estos espacios como lugares de encuentro vecinal, educación ambiental y transformación social.

El huerto más allá del cultivo

Fisbein insiste en que la función principal de estos espacios no es únicamente agrícola, sino social: crear comunidad en barrios donde las relaciones vecinales son cada vez más frías y distantes. 

“El huerto es como un pasillo”, resume, haciendo referencia a ese espacio cotidiano donde la gente se cruza, conversa y termina construyendo vínculos. Algunos participantes cambian de ciudad, otros crecen y siguen nuevos caminos.

Quien llega solo tiene que preguntar qué hace falta hacer ese día, porque siempre habrá alguien dispuesto a enseñarle.

El huerto vecinal de Chamartín, un espacio multidisciplinar que comienza en la tierra

Actualmente, el Huerto de Chamartín es un colectivo que ronda las cuarenta personas, aunque en los últimos ocho años, calcula que más de 150 personas han pasado por el proyecto.

Desde hace años, el colectivo trabaja con asociaciones, colegios y vecinos del distrito, impulsando actividades que buscan reconectar a las personas con la naturaleza y con su propia alimentación. Más allá de la agricultura, el grupo desarrolla iniciativas vinculadas a la salud y la prevención. 

Eduardo explica que están colaborando con centros sanitarios y colocando pequeñas bibliotecas en espacios de salud, defendiendo la necesidad de integrar la gastronomía y la alimentación saludable en modelos preventivos y terapéuticos. 

Su objetivo, asegura, es ayudar a reconvertir espacios terapéuticos en espacios preventivos y de conservación de la salud.

El proyecto mantiene además vínculos con asociaciones deportivas y culturales del distrito, entendiendo que la alimentación saludable y la actividad física forman parte de un mismo ecosistema de bienestar.

La importancia del huerto: un bastión de la educación ambiental en colegios

Este huerto mantiene vínculos con distintas corrientes pedagógicas y centros escolares que apuestan por el aprendizaje práctico. Eduardo explica que muchas de las actividades desarrolladas con colegios deben tener una aplicación tangible y directa, alejándose de modelos excesivamente teóricos. El proyecto trabaja con centros privados de pedagogías avanzadas como Colegio Estudio o St. Anne's School, además de colaborar con algunos colegios públicos.

Actualmente desarrollan cerca de 60 talleres gastronómicos y de educación alimentaria basados en las “4S”, una metodología vinculada a sostenibilidad, salud y soberanía alimentaria.

Niños en el huerto urbano
Un colegio trabaja en el huerto urbano

Un modelo comunitario frente al individualismo urbano

A pesar de estar ubicado en una zona socialmente diversa y compleja, el huerto goza de una gran aceptación vecinal. Los residentes se acercan, preguntan, prueban las uvas que crecen junto al vallado y valoran positivamente la existencia de un espacio verde y comunitario en medio del entorno urbano.

A diferencia de otros modelos, este huerto no funciona como un espacio parcelado ni individualista. Todo se gestiona de forma comunitaria y bajo un sistema de responsabilidad compartida. Con los productos recolectados, el funcionamiento es simple: se colocan sobre una mesa y cada persona toma algo pensando en que el resto también debe llevarse parte de la cosecha.

Todo el proyecto se articula bajo principios de economía circular: compostaje, reutilización de materiales, cultivos colectivos y aprovechamiento compartido de recursos. 

Eduardo reconoce que la idea entusiasma a quienes la descubren, aunque admite que el verdadero reto es lograr un compromiso estable: de cada diez personas interesadas, quizá solo una termina implicándose de manera continuada.

El funcionamiento interno del huerto se basa en la flexibilidad. Cada integrante participa cuando puede y cuando quiere, sin horarios estrictos. Sin embargo, existen dos requisitos fundamentales: mantener un ambiente libre de conflictos y compartir una visión ecológica basada en la sostenibilidad, el respeto medioambiental y la economía circular.

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Mucho más que cultivar alimentos

Fisbein reconoce que muchos participantes buscan precisamente escapar de las dinámicas laborales y del estrés cotidiano

El huerto funciona entonces como una especie de refugio emocional y social. 

Allí las conversaciones derivan en recetas, viajes, terapias o experiencias personales, fortaleciendo vínculos que, según lamenta, se han perdido en muchos barrios urbanos donde los vecinos apenas se conocen entre sí.

Taller de cocina con niños en el huerto urbano
Taller de cocina con niños en el huerto urbano

Ese componente humano se hace especialmente visible en las actividades intergeneracionales. El huerto organiza comidas y cenas durante el verano, encuentros con escuelas populares de adultos y colaboraciones con asociaciones centradas en combatir la soledad no deseada

  • Para muchos de sus participantes, explica Eduardo, acudir al huerto les devuelve la sensación de utilidad y pertenencia.

La alimentación ocupa también un lugar central dentro del proyecto

Eduardo insiste en la enorme diferencia entre consumir un producto recién cosechado y otro recolectado verde para soportar largos trayectos de distribución. El huerto trabaja además con cultivos internacionales que reflejan la diversidad cultural de quienes participan en él. 

  • Entre sus variedades pueden encontrarse ocra, distintas berenjenas, zapallitos argentinos y decenas de tipos de tomate. El año pasado llegaron a cultivar hasta 47 variedades diferentes.

El colectivo ha impulsado además campañas como “Un huerto en mi balcón”, destinada a acercar el autocultivo y la educación ambiental a vecinos sin acceso directo a espacios comunitarios.

Iniciativas como la del huerto urbano representan, para Eduardo, “la última noción de ecología” dentro de una ciudad marcada por el asfalto, los semáforos y unas relaciones entre vecinos que, muchas veces, no van más allá de un frío saludo.

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