En el barrio madrileño de Huertas acaba de abrir una coctelería que rompe con los códigos habituales del sector. Llorería Club no se presenta como un templo de la técnica ni como un escenario de fuegos artificiales líquidos, sino como un espacio donde el cóctel se convierte en un gesto de acompañamiento. Aquí, beber es una forma de parar, bajar la guardia y conectar con lo que uno trae encima.
La propuesta se aleja deliberadamente del virtuosismo excesivo para centrarse en lo esencial: sabores que reconfortan, aromas que relajan y combinaciones pensadas para aliviar el ruido cotidiano. El resultado es una barra donde no se viene a impresionar, sino a sentirse cómodo.
Coctelería en Madrid donde el estado de ánimo importa
La carta de se articula desde un concepto poco frecuente en la escena madrileña: coctelería de autor emocional. Cada creación parte de un estado de ánimo reconocible —estrés, cansancio, saturación mental o desamor— y se traduce en cócteles equilibrados, honestos y accesibles. Hierbas calmantes, botánicos aromáticos y perfiles gustativos amables sustituyen a la complejidad innecesaria.
“No queríamos una carta que se entendiera desde la técnica, sino desde la emoción. La idea es que el cliente encuentre un cóctel que encaje con cómo se siente, sin promesas exageradas ni discursos impostados”. Sheryl Costa, directora del proyecto.

El equipo que da vida a la barra —con perfiles como Iria Pérez, Emiliano y Jeam Pierre Zurita— entiende la hospitalidad como una experiencia relacional. La técnica está al servicio del relato, no al revés. Se nota en el equilibrio del trago, en la coherencia de la carta y en una forma de servir que prioriza la cercanía.
En un contexto donde muchas coctelerías compiten por llamar la atención, ésta propone una vía distinta: hacer del cóctel un pequeño refugio cotidiano. Un lugar donde reconocer el cansancio no es un fracaso y donde una buena copa, bien pensada, puede ser suficiente para soltarlo todo.