La Cañada del Jinete 2018 por qué Patricia García apuesta por este vino natural

La Cañada del Jinete 2018 por qué Patricia García apuesta por este vino natural

La Cañada del Jinete 2018 se posiciona como uno de los vinos naturales más interesantes de España. Patricia García, sumiller de Pabú (Madrid), explica por qué apuesta por este Monastrell de Bullas, un vino que rompe reglas, emociona y redefine la forma de entender el vino.
Patricia García
Patricia García
Viernes, Abril 10, 2026 - 08:30

Hay trayectorias que no se explican desde un currículum, sino desde decisiones que se toman sin red, casi por impulso, guiadas por una intuición difícil de justificar pero imposible de ignorar. Así empieza también la historia de Patricia García, sumiller del restaurante Pabú (Madrid), y así se entiende el vino que hoy nos propone: La Cañada del Jinete 2018.

En esta entrega de Un Vino, Un Sumiller, no solo descubrimos un vino natural de la D.O. Bullas, sino una manera distinta de relacionarse con él, más libre, más abierta y, sobre todo, más honesta. Porque tanto el vino como quien lo defiende comparten algo esencial: no buscan encajar, sino provocar.

Un vino que no se corrige, se comprende

La Cañada del Jinete 2018 no responde a los códigos clásicos del vino técnico ni a la obsesión contemporánea por el control absoluto. Es, más bien, un vino que se deja ser, que no se corrige ni se maquilla, y que encuentra su valor precisamente en esa fidelidad al origen. Patricia García lo define como un vino que abre puertas, capaz de dialogar tanto con quien se acerca por primera vez al mundo natural como con quien ya lo habita.

En ese equilibrio entre lo accesible y lo complejo reside buena parte de su atractivo, porque estamos ante un tinto mediterráneo, con fuerza y carácter, pero también con una sorprendente capacidad de seducción. No impone, sino que invita, y en ese gesto hay algo profundamente contemporáneo.

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La Cañada del Jinete 2018

Un perfil que equilibra estructura y frescura

Desde el punto de vista sensorial, el vino se presenta con un perfil aromático abierto y muy expresivo, en el que conviven notas especiadas y florales con una sensación de frescura que atraviesa toda la cata. En boca, su cuerpo medio se sostiene sobre taninos refinados de textura calcárea, mientras que la acidez marcada aporta tensión, elegancia y recorrido.

El resultado es un vino serio, equilibrado y con un final seco que no busca agradar de forma inmediata, sino permanecer. Un vino que no se agota en el primer trago, sino que invita a seguir explorando.

El origen de La Cañada del Jinete 2018 es clave para entender su identidad. Procede de una parcela situada en la Sierra de Lavia, en la D.O. Bullas (Murcia), a más de 800 metros de altitud, un entorno que aporta frescura y define su carácter. Las cepas, de entre 40 y 60 años, se cultivan en secano y bajo criterios ecológicos, en suelos de arcilla roja, grava calcárea y componentes franco-arenosos.

Se trata de una viticultura que prioriza el equilibrio natural frente a la intervención, y que encuentra en la edad de las viñas una de sus principales fortalezas.

Una elaboración que recupera lo esencial

La vinificación refuerza esa idea de respeto por el origen. No hay despalillado, las uvas se pisan con los pies y la fermentación se realiza con levaduras autóctonas en tinajas de barro. La maceración se extiende durante seis días y la crianza, de 24 meses, se lleva a cabo en barricas usadas de roble francés de 500 litros.

Todo el proceso parece mirar hacia atrás, hacia prácticas tradicionales que durante años quedaron relegadas, pero que hoy resurgen como una forma de devolver al vino su dimensión más auténtica.

Julia Casado, una mirada distinta sobre el vino

Detrás de este proyecto está Julia Casado, cuya trayectoria se aleja de cualquier relato convencional. De origen alemán y formada como violonchelista, su llegada al vino no responde a una herencia familiar ni a un plan preestablecido, sino a un proceso de búsqueda personal en el que confluyen la música, la agricultura y la intuición.

Tras su paso por Cuba, donde estudió agroecología y desarrollo rural, encontró en Bullas un territorio con el que conectar profundamente, tanto por su paisaje como por la presencia de viñedo viejo. Desde 2016 desarrolla un proyecto que combina técnicas tradicionales, como el uso de tinajas, damajuanas o fermentaciones poco intervenidas, con una sensibilidad muy particular, casi musical, que la lleva a interpretar cada viña como si fuera una partitura distinta.

Patricia García
Patricia García, sumiller restaurante Pabú (Madrid)

Patricia García, del instinto a la excelencia

La elección de este vino no es casual si se observa el recorrido de Patricia García, una trayectoria construida desde la intuición y la determinación. Con apenas 19 años se trasladó a París con la intención de pasar un verano, pero aquel viaje se convirtió en el inicio de todo. Allí descubrió la hostelería como un espacio desde el que generar felicidad, una idea que marcaría su forma de entender la sala.

Su evolución profesional fue progresiva, pasando por distintos roles hasta acercarse, paso a paso, al mundo del vino, siempre con la voluntad de aprender desde dentro. Francia primero e Italia después fueron fundamentales en ese proceso, especialmente esta última etapa, donde, pese a no hablar el idioma y en un contexto económico complejo, logró formarse como sumiller durante casi dos años, consolidando una base sólida que más tarde reinterpretaría a su manera.

Aunque su formación incluye experiencias como el diploma WSET en Borgoña, Patricia pronto comprendió que el conocimiento técnico, siendo necesario, no debía convertirse en un límite. Su manera de entender el vino pasa por cuestionar, comparar y moverse entre diferentes realidades, integrando perspectivas diversas en lugar de aceptar una única verdad.

Esa misma apertura la llevó a reconciliarse con los vinos naturales, que inicialmente rechazaba, hasta descubrir que, en su mejor versión, ofrecían una profundidad y una libertad que no encontraba en otros estilos. A partir de ahí, no solo cambió su mirada, sino que comenzó a elaborar sus propios vinos, explorando nuevas formas de expresión.

El vino como experiencia humana

Hoy, Patricia García trabaja desde una posición que combina conocimiento, intuición y sensibilidad, evitando el exceso de tecnicismo y priorizando la conexión con el cliente. Su objetivo no es demostrar, sino emocionar, generar confianza y abrir espacios de descubrimiento en los que el vino se convierte en un lenguaje accesible.

En ese contexto, La Cañada del Jinete 2018 encaja perfectamente, porque comparte esa misma filosofía: no imponer, sino acompañar.

Maridaje y universo sensorial

Lejos de los maridajes clásicos, este vino encuentra afinidad en propuestas menos evidentes, como postres poco dulces o elaboraciones con frutos rojos que juegan con el equilibrio entre lo dulce y lo salado. Es precisamente en esos territorios intermedios donde mejor despliega su personalidad.

Si hubiera que traducirlo a otro lenguaje, Patricia lo tiene claro: este vino suena a Tina Turner, pero no en su versión más potente, sino en su momento más íntimo y melódico, algo cercano a Missing You, donde la emoción se impone sobre la fuerza.

El vino también es conversación

Cuando se le pregunta con quién compartiría una botella de este vino, Patricia no duda demasiado. Lo haría con Santi Rivas y Abel Valdenebro, convencida de que con ambos la experiencia iría mucho más allá de la copa, convirtiéndose en una conversación memorable.

Porque, en el fondo, este vino no está hecho solo para beberse, sino para compartirse.

La anécdota que lo define todo

Quizá la mejor forma de entender este vino es desde la naturalidad con la que Patricia responde cuando se le pide una anécdota. No hay épica forzada ni relato grandilocuente. Dice, simplemente, que este vino la ha hecho aparecer en una entrevista grabada… y que eso ya es suficiente.

Y, en realidad, lo es. Porque hay vinos que necesitan explicación, y otros que, sin proponérselo, acaban generando historias.

Un vino que no busca gustar, sino quedarse

La Cañada del Jinete 2018 no es un vino complaciente ni diseñado para el consenso. Es un vino que plantea preguntas, que empuja a mirar desde otro lugar y que no necesita gustar a todo el mundo para dejar huella.

En un momento en el que el mundo del vino corre el riesgo de encerrarse entre discursos aprendidos, puntuaciones y categorías rígidas, propuestas como esta recuerdan algo esencial: que también hay espacio para la emoción, la sorpresa y la autenticidad.

Y que, a veces, el vino más importante no es el que entiendes al primer sorbo, sino el que te obliga a volver.

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