Muere Rubén Darío Rojas, guardián de 55 platos venezolanos
El investigador gastronómico, cocinero y profesor falleció en Caracas a los 61 años. Desde El Fogón Creativo convirtió recetas, testimonios y viajes por Venezuela en una herramienta para preservar una parte de la memoria culinaria del país.
El sociólogo, cocinero profesional, investigador gastronómico y docente Rubén Darío Rojas falleció en Caracas durante la madrugada del 27 de agosto, a los 61 años. Su muerte deja una ausencia especialmente significativa en la gastronomía venezolana: la de alguien que entendió la cocina no únicamente como el acto de preparar alimentos, sino como una forma de explicar de dónde viene un pueblo y cómo se transforma con el paso del tiempo.
Graduado en Sociología por la Universidad Católica Andrés Bello (UCAB), Rojas encontró en la gastronomía otro territorio desde el que investigar la sociedad. Se formó también como cocinero profesional y durante más de una década compaginó investigación, cocina, docencia y divulgación.
Una parte fundamental de ese trabajo tomó forma en El Fogón Creativo, la columna desde la que investigó durante años la historia de numerosos platos venezolanos, recurriendo a fuentes documentales y conversando con cocineros de distintas regiones para reconstruir sus orígenes y transformaciones.
El Fogón Creativo: investigar Venezuela plato a plato
El resultado de aquel trabajo fue el registro de 55 preparaciones de la cocina venezolana. Algunas forman parte del imaginario gastronómico del país, como el asado negro, la ensalada de gallina, el queso de bola relleno, el bienmesabe, los coquitos o los cascos de guayaba.
Cada preparación servía para abrir una puerta hacia algo mayor. En sus investigaciones podían aparecer la influencia de las migraciones, la adaptación de ingredientes, las tradiciones familiares, las técnicas domésticas o las diferencias que una misma receta había adquirido al viajar de una región venezolana a otra.
En su estudio de la cachapa de hoja, por ejemplo, contextualizó esta preparación de maíz tierno dentro de las distintas formas que adquiere según el territorio y recogió algunas de sus denominaciones regionales. En otras investigaciones rastreó el pasado del asado negro, las migas larenses, el queso de bola relleno, el celse o platos ligados a momentos concretos de la vida y las celebraciones venezolanas.
Detrás de esa inquietud existía también una estrecha relación familiar con la cocina. Nieto, hijo y sobrino de cocineras, terminó convirtiendo parte de aquella herencia doméstica en objeto de estudio y posteriormente en conocimiento para transmitir a nuevas generaciones.
Del territorio y los fogones a las aulas
La investigación de Rubén Darío Rojas tampoco se desarrollaba únicamente desde los libros. Le interesaba viajar, conocer los sabores de diferentes regiones venezolanas, conversar con sus cocineros y visitar sembradíos y plantas de producción.
Era una manera de entender la gastronomía desde su origen. El producto, la persona que lo cultiva o transforma, quien conserva una receta y el contexto social que la rodea formaban parte de una misma historia.
Buena parte de ese conocimiento regresaba después a sus textos y a las aulas. En el momento de su fallecimiento ejercía como profesor en la Academia de Gastronomía de la Universidad Católica Andrés Bello, donde trasladaba a sus estudiantes una visión de la cocina estrechamente vinculada con la identidad, la historia y el patrimonio.
Fuera del ámbito estrictamente gastronómico ejerció además labores de asesoría comunicacional para las Obras Misionales Pontificias de la Iglesia católica en Venezuela.
Un legado contra el olvido gastronómico
La muerte de Rubén Darío Rojas plantea una cuestión que va mucho más allá de su figura: qué sucede con las cocinas que nadie documenta.
Las grandes recetas nacionales suelen sobrevivir en libros, restaurantes y celebraciones. Otras permanecen durante décadas casi exclusivamente en las casas, transmitidas oralmente entre generaciones y conservadas por personas que nunca han escrito una receta.
Cuando ese conocimiento deja de transmitirse, puede desaparecer mucho más que una preparación. Se pierden también sus variantes, el contexto en el que se cocinaba, las técnicas particulares, los productos que la hacían posible y las historias de quienes la llevaron hasta nuestros días.
Ahí reside probablemente una de las aportaciones más valiosas del trabajo de Rojas. Al investigar preparaciones poco conocidas, conversar con quienes todavía las elaboraban y trasladar después ese conocimiento a artículos y aulas, ayudó a convertir una parte de la memoria oral de la cocina venezolana en memoria escrita.
Durante más de diez años compartió ese conocimiento con lectores, alumnos y profesionales de la gastronomía. Su archivo de 55 platos queda ahora también como una invitación a seguir investigando una cocina cuya riqueza continúa escondida en numerosos hogares y territorios de Venezuela.
Rubén Darío Rojas entendió que detrás de una receta siempre hay algo más que ingredientes y técnica: hay territorio, familia, migraciones, recuerdos e identidad.
Y si dedicó buena parte de su trayectoria a rastrear esos platos fue, en el fondo, para impedir que sus historias desaparecieran cuando se apagara el último fogón capaz de contarlas.