Berlín brinda con fino y manzanilla: la gastronomía andaluza conquista Netflix
ay series que logran crear personajes memorables y otras que convierten determinados destinos en objeto inmediato de deseo. La segunda temporada de Berlín, el exitoso spin-off de La casa de papel, parece decidida a conseguir ambas cosas, pero añade además un elemento especialmente interesante para quienes observan la gastronomía como una expresión cultural: convertir una forma de comer y beber en parte activa del universo narrativo.
Tras la sofisticación parisina de la primera entrega, Netflix traslada ahora la acción al sur de España, con Sevilla como gran protagonista visual y emocional del nuevo golpe criminal ideado por Berlín. Y junto a sus plazas monumentales, el río Guadalquivir, Triana o sus patios llenos de historia, emerge también una Andalucía líquida y gastronómica que impregna la ficción de una forma particularmente seductora.
Porque en esta nueva entrega no solo importa dónde ocurre la acción. También importa qué se bebe, dónde se brinda y qué atmósfera construyen esos pequeños rituales que definen un territorio.
Sevilla como nuevo icono gastro de la ficción internacional
No resulta difícil entender por qué Sevilla encaja tan bien en el universo de Berlín. La ciudad posee una teatralidad natural que parece diseñada para el personaje: elegancia decadente, sensualidad, historia, tensión estética y una forma profundamente social de habitar el espacio público.
Pero más allá de su belleza visual, hay algo que Netflix parece haber entendido especialmente bien: Sevilla también se cuenta desde la barra. Desde la conversación sostenida entre copas, desde el aperitivo prolongado y desde esa cultura de la taberna donde lo cotidiano adquiere una intensidad particular. En ese contexto, la gastronomía no aparece como simple decorado costumbrista, sino como una herramienta narrativa que aporta identidad y credibilidad.
La serie no solo muestra Andalucía. La hace respirable.
El fino, protagonista inesperado de la temporada
Si hay un vino que domina visualmente buena parte de esta nueva temporada, ese es el fino. Su presencia no responde únicamente a una cuestión estética, aunque esa luz dorada servida desde botas tradicionales posea una fuerza visual indiscutible. El fino funciona aquí como un símbolo inmediato de identidad andaluza, como una especie de código cultural que sitúa al espectador sin necesidad de explicaciones.
Hablar del fino es hablar del Marco de Jerez, de crianza biológica, de salinidad, de precisión y de una gastronomía construida históricamente alrededor del aperitivo y la barra. Pero también es hablar de un vino extraordinariamente gastronómico que, durante demasiado tiempo, quizá no ha recibido fuera de España el protagonismo que merece.
Que una producción global como Netflix lo incorpore con tanta naturalidad resulta especialmente interesante, porque convierte un gesto profundamente local en un lenguaje internacional.
La manzanilla y esa Andalucía luminosa que seduce en pantalla
Si el fino aporta tensión, profundidad y clasicismo tabernario, la manzanilla encarna otro registro distinto, quizá más ligado a la luminosidad y a esa Andalucía más abierta, informal y hedonista.
Servida muy fría, asociada a terrazas, conversaciones sin prisa y escenarios junto al río, encaja perfectamente en el universo emocional que la serie construye. La manzanilla posee algo particularmente cinematográfico: esa capacidad de parecer ligera y accesible mientras esconde una enorme complejidad.
Su conexión con el mar, su perfil punzante y su frescura natural la convierten en uno de los grandes vinos gastronómicos del país, y verla integrada con naturalidad en una producción internacional no deja de ser también una pequeña reivindicación cultural.
Incluso el mosto encuentra su espacio
Uno de los detalles más interesantes de esta segunda temporada es que el retrato enológico andaluz no se limita a sus referencias más globales. También aparece el imaginario del mosto, ese vino joven y directo tan ligado a determinadas zonas vitivinícolas sevillanas y a una cultura popular mucho menos exportada que la del Jerez clásico.
Puede parecer un guiño menor, pero en realidad aporta autenticidad. Porque permite entender que la representación gastronómica del sur no se construye únicamente desde el glamour o desde los vinos de mayor reconocimiento internacional, sino también desde códigos profundamente locales.
Los bares y restaurantes que orbitan el universo gastronómico de Berlín
Parte del atractivo de esta nueva temporada reside precisamente en cómo mezcla espacios reales, referencias reconocibles e inspiración claramente andaluza. El resultado no es una guía cerrada de localizaciones, sino un mapa gastronómico que conecta la ficción con algunos de los lugares que mejor explican la cultura de barra del sur.
Tabanco El Pasaje
Uno de los nombres que inevitablemente aparece es Tabanco El Pasaje, en Jerez de la Frontera. Aunque en la ficción la atmósfera remita al universo sevillano y a la cultura tabernaria de Triana, este histórico establecimiento aporta esa autenticidad que solo ofrecen los lugares donde el vino forma parte orgánica de la experiencia. Sus finos, su flamenco diario y su esencia centenaria lo convierten en una referencia natural para entender el peso del tabanco en el imaginario andaluz.
Bodeguita Santa Cruz, Las Columnas
En Sevilla, el imaginario conecta de forma evidente con espacios como Bodeguita Santa Cruz, Las Columnas, probablemente uno de los templos más reconocibles del tapeo clásico sevillano. Su barra bulliciosa, su servicio rápido, sus tapas populares y su ubicación en uno de los puntos más transitados de la ciudad resumen esa Sevilla cotidiana que también puede ser tremendamente cinematográfica.
Taberna Álvaro Peregil, La Goleta
También aparece la influencia de lugares como Taberna Álvaro Peregil, conocida popularmente por La Goleta, donde esa mezcla entre vino, tradición y sociabilidad sevillana encuentra una de sus expresiones más genuinas. Es uno de esos espacios que explican una ciudad sin necesidad de grandes artificios, desde el gesto de pedir una copa hasta la conversación que se alarga en la barra.
Restaurante Río Grande
En otro registro aparece Restaurante Río Grande, con el Guadalquivir como telón de fondo y una estética mucho más sofisticada, alineada con la dimensión más aspiracional del universo Berlín. Su ubicación en la calle Betis y su relación visual con el río lo convierten en uno de esos espacios donde Sevilla se vuelve escénica, nocturna y especialmente seductora.
Bodeguita Antonio Romero
Y por supuesto, Bodeguita Antonio Romero, cuya mención inevitable lleva al icónico piripi, uno de esos bocados capaces de explicar una ciudad entera en apenas unos minutos. En una ruta gastronómica inspirada por la serie, este clásico sevillano funciona como parada imprescindible para entender cómo el tapeo popular puede convertirse también en memoria gastronómica.
El turismo que nace de las series… y de la mesa
Más allá de la ficción, la segunda temporada de Berlín conecta con una tendencia cada vez más visible: el llamado set-jetting, esa forma de turismo impulsada por series y películas que transforman destinos en experiencias deseadas.
Pero aquí el fenómeno puede tener un matiz especialmente interesante, porque no se trata únicamente de viajar para ver escenarios. Se trata de viajar para vivir una atmósfera gastronómica. Quien vea esta temporada probablemente no solo querrá recorrer Sevilla; también querrá sentarse en una terraza de Triana, pedir una manzanilla helada, entrar en una taberna tradicional y entender cómo se vive realmente ese sur que la serie presenta con tanta sensualidad.
Y ahí reside quizá su mayor acierto. Porque sin proponérselo explícitamente, Berlín termina funcionando también como una poderosa campaña internacional para la gastronomía andaluza, con el fino, la manzanilla, el tapeo y la cultura de barra como protagonistas inesperados de una ficción global.