El tascalate es mucho más que una bebida refrescante. Es una herencia viva del sureste de México, un gesto cotidiano que atraviesa siglos de historia y que sigue conectando a quienes lo beben con el territorio del que nace.
Consumido desde tiempos prehispánicos en Chiapas, el tascalate ha acompañado la vida diaria, los rituales comunitarios y la memoria colectiva de la región. Hoy, lejos de desaparecer, permanece activo en mercados, fondas y hogares, donde se prepara con la misma naturalidad con la que se transmite una tradición.
Una bebida con raíces profundas
El origen del tascalate se remonta a las culturas mesoamericanas que habitaron el sur del actual México. Su base, maíz tostado, cacao, achiote y canela, habla de una cocina ligada a la tierra, al clima y a los ingredientes disponibles, pero también de una forma de entender la alimentación como equilibrio y sustento.
Antes de ser una bebida festiva, el tascalate fue alimento, energía y símbolo. Se tomaba frío para combatir el calor y también como parte de celebraciones y encuentros sociales. Cada familia, cada comunidad, ha mantenido su propia proporción y ritual de preparación, reforzando su carácter identitario.
Del mercado a la mesa familiar
Hoy, el tascalate sigue siendo parte del paisaje cotidiano chiapaneco. Se vende en polvo en mercados tradicionales, se mezcla con agua o leche y se sirve bien frío. No necesita artificios ni reinterpretaciones para seguir vigente: su fuerza reside precisamente en su sencillez y autenticidad.
Beber tascalate es beber territorio. Es reconocer el valor del maíz como eje cultural, del cacao como herencia ancestral y del achiote como vínculo con la cocina regional. Cada sorbo conecta pasado y presente sin nostalgia, desde la normalidad de lo cotidiano.
Patrimonio que se bebe
En un contexto global donde muchas bebidas tradicionales desaparecen o se diluyen en versiones comerciales, el tascalate resiste como patrimonio líquido. No busca ser tendencia ni moda: existe porque sigue siendo útil, querido y compartido.
Más que refrescar, el tascalate recuerda que la gastronomía también es memoria. Y que algunas tradiciones no se conservan en vitrinas, sino en vasos que pasan de mano en mano, generación tras generación.