Las monjas también hicieron cerveza: la historia que casi nadie cuenta

Las monjas también hicieron cerveza: la historia que casi nadie cuenta

La cerveza monástica no fue solo cosa de monjes: también hubo monjas cerveceras, saber botánico, fermentación y tradición conventual.
Monja elaborando cerveza artesanal en una sala de cocción, rodeada de lúpulo, malta, botellas y vasos de cerveza.
Las monjas cerveceras y su historia en la elaboración de cerveza monástica
Viernes, Julio 24, 2026 - 15:00

Cuando se habla de cerveza monástica, casi todo el imaginario apunta a los monjes: abadías trapenses, recetas centenarias, fermentaciones discretas y botellas con aire de claustro. Pero la historia de la cerveza tiene una cara menos contada y muy curiosa: también hubo monjas cerveceras. Mujeres que elaboraron, estudiaron, sirvieron o protegieron una bebida que durante siglos formó parte de la vida doméstica, hospitalaria y religiosa.

La idea sorprende porque la cerveza conventual se ha narrado casi siempre en masculino. Sin embargo, antes de que la producción cervecera se profesionalizara y se asociara a gremios, permisos, tabernas y grandes fábricas, la elaboración de cerveza estuvo muy ligada a las mujeres. En muchas casas, eran ellas quienes transformaban cereal, agua, hierbas y fermentación en una bebida nutritiva, segura y cotidiana.

Las monjas entran en esa historia por una razón sencilla: los conventos no eran solo espacios de oración. También eran centros de trabajo, conocimiento, hospitalidad, agricultura, cocina, botánica, conservación de alimentos y cuidado de viajeros. Allí se hacía pan, se cultivaban huertos, se preparaban remedios, se elaboraban dulces y, en determinados contextos europeos, también se produjo cerveza.

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De la cocina al convento: cuando la cerveza era cosa de mujeres

Para entender a las monjas cerveceras hay que borrar una idea moderna: la cerveza no siempre fue una bebida industrial ni una bebida de bar. Durante siglos, fue una preparación doméstica. Se elaboraba con cereales fermentados y cumplía una función práctica en la alimentación diaria, especialmente en épocas y lugares donde el agua no siempre era segura o agradable.

En ese contexto, la elaboración de cerveza estuvo muy vinculada a las mujeres. No como una rareza, sino como parte de las tareas de producción alimentaria. Igual que se hacía pan, queso, conservas o caldos, también se podía preparar una bebida fermentada para la casa, para los trabajadores, para los huéspedes o para la comunidad.

Los monasterios y conventos añadieron otro elemento importante: el registro del conocimiento. En la Edad Media, muchos espacios religiosos fueron centros de escritura, observación y transmisión de saberes. Aquello permitió conservar recetas, mejorar procesos, observar plantas, estudiar propiedades de ingredientes y perfeccionar técnicas. La cerveza monástica no se hizo famosa por casualidad: en los claustros había tiempo, método y disciplina.

Aunque la fama se la hayan llevado sobre todo las abadías masculinas, las mujeres religiosas también participaron de esa cultura alimentaria. Algunas comunidades elaboraban cerveza para consumo interno o para atender a visitantes. Otras se relacionaron con la bebida desde la botánica, la medicina natural o la hospitalidad.

Hildegarda de Bingen y el lúpulo: la monja que cambió el sabor de la cerveza

Uno de los nombres más fascinantes de esta historia es Hildegarda de Bingen. Abadesa benedictina, escritora, compositora, mística, naturalista y una de las figuras intelectuales más poderosas del siglo XII, Hildegarda no “inventó” la cerveza, aunque a veces se diga de forma exagerada. Lo que sí hizo fue algo fundamental: describió el lúpulo y sus propiedades en sus escritos sobre la naturaleza.

El lúpulo no solo aporta amargor y aroma. También ayudó históricamente a conservar mejor la cerveza y a estabilizarla frente a otras mezclas de hierbas utilizadas en la época. Esa aportación cambió el rumbo de la bebida. Sin lúpulo, la cerveza moderna no tendría el mismo perfil aromático, ni la misma capacidad de conservación, ni esa tensión amarga que hoy reconocemos como parte de su identidad.

Por eso Hildegarda ocupa un lugar tan especial en la cultura cervecera. No fue una maestra cervecera en el sentido industrial actual, pero sí una figura clave en la relación entre monasterio, botánica, fermentación y conocimiento. Su caso demuestra que la historia de la cerveza también se escribió desde la observación femenina.

En tiempos en los que la ciencia no se entendía como hoy, una abadesa podía estudiar plantas, escribir tratados, dirigir una comunidad y dejar una huella duradera en la alimentación. Hildegarda recuerda que la gastronomía no se construye solo en cocinas o mercados, sino también en bibliotecas, huertos y monasterios.

La última gran imagen: sor Doris y la cerveza de Mallersdorf

Si Hildegarda representa el origen intelectual de esta curiosidad, sor Doris Engelhard representa su imagen contemporánea más potente. En la abadía de Mallersdorf, en Baviera, esta religiosa franciscana se hizo conocida como una de las últimas monjas maestras cerveceras de Europa. Su figura resume una tradición que parece sacada de otra época: hábito, sala de cocción, levaduras, malta, tanques y una vida marcada por el trabajo comunitario.

La cerveza de Mallersdorf no responde a la lógica de una gran marca global. Es una producción local, ligada al convento y al entorno bávaro. Ahí reside parte de su encanto: no se entiende como producto de marketing, sino como continuidad de una cultura en la que la cerveza forma parte de la vida cotidiana, del trabajo y de la hospitalidad.

La figura de sor Doris resulta tan llamativa porque rompe varios clichés a la vez. No encaja con la imagen de la cerveza como territorio masculino ni con la idea del convento como espacio ajeno al placer gastronómico. Al contrario: su trabajo demuestra que la vida religiosa también ha convivido históricamente con la elaboración de alimentos y bebidas destinadas a sostener una comunidad.

En España también han aparecido historias recientes que conectan monjas y cerveza desde la hospitalidad, aunque no necesariamente desde la elaboración. En el Santuario de Estíbaliz, en Álava, un grupo de religiosas reabrió un bar para atender a peregrinos y visitantes, sirviendo bebidas en un espacio vinculado al encuentro y a la acogida. La escena resulta tan inesperada como reveladora: unas monjas detrás de la barra recordando que la cerveza, en determinados contextos, también puede formar parte de la convivencia.

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Por qué nos sorprenden tanto las monjas cerveceras

La sorpresa tiene que ver más con nuestros prejuicios que con la historia. Estamos acostumbrados a asociar a las monjas con dulces de convento, yemas, pastas, mazapanes, rosquillas o mermeladas. Pero nos cuesta imaginarlas en torno a la cerveza porque la bebida quedó culturalmente vinculada al bar, al ocio masculino, a la fábrica y a la publicidad contemporánea.

Sin embargo, desde una perspectiva histórica, no resulta tan extraño. La cerveza es cereal, agua, fermentación y tiempo. Ingredientes y procesos muy próximos a otros trabajos conventuales. Igual que una comunidad podía hacer pan o cultivar hierbas medicinales, también podía elaborar una bebida fermentada para su propio consumo o para quienes llegaban al monasterio.

Además, la cerveza monástica siempre ha tenido una dimensión práctica. No se producía solo por placer, sino por autosuficiencia, hospitalidad y sustento económico. Esa lógica explica también por qué muchos monasterios europeos elaboraron cervezas, licores, quesos, panes o dulces: el trabajo manual formaba parte de la vida religiosa.

Las monjas cerveceras son, por tanto, una pequeña grieta en el relato habitual. Nos recuerdan que muchas mujeres participaron en la historia de la cerveza antes de ser borradas por la industrialización, los gremios y la construcción moderna de la bebida como símbolo masculino. Su papel no siempre fue visible, pero estuvo ahí.

Hoy, cuando la cerveza artesanal ha recuperado el interés por el origen, los estilos, las levaduras, las recetas antiguas y los relatos de producción, esta historia vuelve con fuerza. No para convertir a las monjas cerveceras en una anécdota simpática, sino para devolverles su lugar en una tradición mucho más amplia.

Al final, la imagen de una monja haciendo cerveza no debería parecernos contradictoria. La cerveza también es agricultura, paciencia, técnica, fermentación, comunidad y mesa compartida. Y pocas palabras explican mejor la vida conventual que esas: paciencia, trabajo, comunidad y tiempo.

Tal vez por eso las monjas cerveceras resultan tan fascinantes. Porque unen dos mundos que parecían separados: el claustro y la taberna, la oración y la fermentación, el silencio y el brindis. Y porque nos recuerdan que, detrás de una jarra de cerveza, también puede haber una historia de mujeres, conventos y saberes que no conviene dejar en la espuma.

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