El verano en que nacieron los monstruos y el vino no pudo madurar

El verano en que nacieron los monstruos y el vino no pudo madurar

En 1816 nació Frankenstein mientras el frío y la lluvia impedían madurar las uvas de Lavaux. Roberto Lorente conecta literatura, clima y vino.
Viñedos en terrazas de Lavaux sobre el lago Lemán bajo un cielo tormentoso, evocando el frío y las lluvias del llamado año sin verano de 1816.
Lavaux y el lago Lemán en el verano de 1816, cuando nació Frankenstein
Friday, October 30, 2026 - 18:00

Hay una historia detrás de Frankenstein que rara vez se cuenta. Ocurrió en el verano de 1816, junto al lago Lemán en Suiza, y tiene ingredientes para una novela de terror: un volcán al otro lado del mundo, cinco jóvenes con una vida sentimental complicada, noches interminables de lluvia y una cosecha de vino que no conseguía madurar.

He estado en el lago Lemán varias veces, casi siempre a finales de noviembre o en diciembre, viajando con Ángeles, directora comercial de exportación de nuestra empresa familiar de tapones de corcho. Recuerdo un frío húmedo que no se quedaba en el termómetro sino en la ropa, y las terrazas de Lavaux bajando desnudas hacia el agua con los Alpes al fondo. Es un paisaje que parece haber leído a Rousseau mucho antes que nosotros.

Una vez tuve la suerte de cenar en Cully con Fabio Bonguglielmi, director de Domaine Louis Bovard, en La Maison Rose, la casa histórica de la familia. Hubo botellas de Dézaley y Calamin, dos grandes terruños suizos clasificados como Grand Cru, fotografías antiguas de vendimiadores y una mesa que, según me contaron, llevaba más de tres siglos en el mismo lugar. Hay muebles que han visto más vendimias que cualquier enólogo.

Lo que entonces desconocía era que aquella casa ya estaba vinculada a los Bovard cuando, al otro extremo del lago, una chica de dieciocho años comenzó a imaginar uno de los monstruos más famosos de la literatura. Mientras ella pensaba en devolver la vida a un cadáver, los viticultores de Lavaux tenían un problema bastante más terrenal: conseguir que maduraran sus uvas.

Todo comenzó un año antes, a miles de kilómetros.

En abril de 1815, un volcán en una Isla de Indonesia, protagonizó una de las mayores erupciones de la historia registrada. Los gases expulsados formaron en la estratosfera un velo de aerosoles que redujo la radiación solar. Sus consecuencias se sintieron especialmente en 1816: temperaturas anormalmente bajas, lluvias interminables y cosechas arruinadas. Aquel año pasaría a la historia como el año sin verano.

Europa acababa además de salir de las guerras napoleónicas, Waterloo había puesto fin al imperio de Napoleón en junio de 1815 y, después de años de conflictos, los británicos podían volver a viajar por el continente. Suiza, con sus montañas y los paisajes que Rousseau había convertido en literatura, atraía especialmente a los jóvenes románticos.

Cinco de ellos terminaron coincidiendo en Ginebra, aunque ninguno había llegado precisamente para escribir una novela de terror.

Lord Byron tenía veintiocho años, era uno de los poetas más famosos de Inglaterra y acumulaba escándalos, deudas y un matrimonio fracasado. Había abandonado Londres en abril de 1816 para escapar de una situación cada vez más incómoda.

Por otro lado, viajaban Percy Bysshe Shelley y Mary Godwin. Percy estaba casado cuando comenzó su relación con Mary, hija del filósofo William Godwin y de Mary Wollstonecraft, pionera en la defensa de los derechos de las mujeres. Aquella relación había provocado un considerable escándalo familiar.

Con ellos iba Claire Clairmont, hermanastra de Mary y antigua amante de Byron, decidida a reencontrarse con el poeta, de hecho, fue ella quien impulsó el viaje a Ginebra. El quinto personaje era John Polidori, un médico de veinte años contratado para acompañar a Byron, con aspiraciones literarias y una admiración por su paciente que no siempre era correspondida.

Byron alquiló Villa Diodati, en Cologny, sobre una ladera que descendía hacia el lago. Los demás se alojaron cerca. Y entonces comenzó a llover.

Las tormentas los mantenían encerrados durante días, leían relatos de fantasmas, discutían sobre filosofía y comentaban los experimentos de galvanismo, que habían demostrado cómo una corriente eléctrica podía provocar movimientos en músculos de animales muertos. La posibilidad de devolver la vida a un cadáver empezaba a ocupar algo más que las conversaciones de los científicos.

Una noche de junio, Byron propuso que cada uno escribiera su propia historia de terror. Mary tardó varios días en encontrar una idea, hasta que imaginó a un estudiante arrodillado junto a una criatura que había construido y que comenzaba a cobrar vida.

Así nació Frankenstein o el moderno Prometeo, publicada anónimamente en 1818. Percy ayudó a revisar el manuscrito, pero la novela fue obra de Mary. Polidori desarrollaría El vampiro, publicado en 1819, cuyo aristocrático protagonista anticipaba al Drácula de Bram Stoker.

Dos monstruos fundamentales de nuestra cultura surgieron de aquel verano, no está mal para unas vacaciones pasadas bajo la lluvia.

Curiosamente, el Frankenstein que conocemos hoy tampoco es exactamente el que imaginó Mary. La cabeza plana y los tornillos del cuello se popularizaron con la película de 1931, sobre una adaptación teatral anterior. En la novela, la criatura tiene el cabello negro y largo, piel amarillenta y ojos acuosos. Y, por cierto, Frankenstein es el apellido de su creador, Victor. El monstruo ni siquiera tiene nombre.

La leyenda ha imaginado aquellas noches regadas de vino y láudano, una preparación de opio disuelto en alcohol que algunas fórmulas históricas elaboraban incluso con vino de Málaga. Sin embargo, los testimonios hablan más de té que de excesos, una decepción para quienes esperaban algo más de Lord Byron. Thomas Moore, biógrafo de este, describió su austera dieta de verduras y agua de Seltz ligeramente mezclada con vino de Graves, así que no hay pruebas de que aquellas historias nacieran bajo los efectos del láudano.

Mientras tanto, al otro lado de las ventanas, las viñas sufrían.

En Lavaux, la Chasselas apenas conseguía madurar. A finales de junio, Byron y Shelley navegaron por el lago siguiendo los escenarios de Julia o la nueva Eloísa, de Rousseau. Probablemente pasaron frente a Cully, donde dos siglos después yo cenaría en aquella mesa de los Bovard. No sabemos si repararon en los viñedos, sus preocupaciones parecían bastante alejadas de la vendimia.

En Lausana, la cosecha de 1816 no comenzó hasta el 12 de noviembre, una de las fechas más tardías registradas durante siglos. Las uvas llegaron con una maduración deficiente y la producción fue escasa. Mientras la naturaleza negaba a las viñas el calor necesario para completar su ciclo, en la otra orilla Mary imaginaba una criatura capaz de desafiar sus leyes.

Hay además un detalle de Frankenstein que siempre me ha llamado la atención. La criatura descubre los alimentos humanos al encontrar los restos del desayuno de un pastor: pan, queso, leche y vino. Lo prueba todo, pero el vino no le gusta. Tiene su ironía que, en una novela concebida durante uno de los peores años de la viticultura europea, el protagonista rechace precisamente nuestra bebida. Aunque, considerando cómo fue aquella cosecha, quizá tampoco deberíamos juzgarlo demasiado.

La vida de aquellos jóvenes tuvo un desenlace digno de sus propias historias. En julio de 1822, Percy Shelley murió ahogado durante una tormenta frente a la costa italiana. Su cuerpo fue incinerado semanas después en una playa y según contaron sus amigos, entre los restos había algo que las llamas no habían consumido y que identificaron como su corazón.

No sabemos si realmente lo era, pero Mary recibió aquellos restos y los conservó durante toda su vida, convencida de que pertenecían a su marido. Cuando murió en 1851, su hijo los encontró envueltos en seda, junto a un fragmento de Adonais, el poema que Percy había dedicado a John Keats.

La mujer que había imaginado a un hombre intentando devolver la vida a los muertos terminó conservando lo que creía que era el corazón de su esposo. Romántico, desde luego. Higiénico, bastante menos.

Han pasado doscientos diez años. Cuando recuerdo aquellas mañanas de diciembre cerca de Lausana, pienso en lo poco que sabemos de los lugares por los que pasamos. Durante años contemplé aquel paisaje pensando en viñas, bodegas y, por deformación profesional, corchos. Ahora sé que en la otra orilla, una noche de lluvia, una señorita de dieciocho años empezó a imaginar un monstruo que todavía nos acompaña.

Y que, mientras ella buscaba la manera de darle vida, los viticultores Suizos solo pedían algo bastante más modesto y bastante más difícil: que volviera a salir el sol.

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