De Hipócrates a Metaxa: la historia griega de mezclar vino, plantas y tiempo
La costumbre de mezclar vino con plantas y flores tiene raíces antiguas en Grecia. Una de sus referencias más conocidas se vincula a Hipócrates, en torno al siglo V a. C., cuando el vino formaba parte también de preparaciones medicinales y podía combinarse con hierbas aromáticas y amargas.
El díctamo de Creta aparece varias veces en el corpus hipocrático y podía administrarse solo o mezclado con agua o vino. También existen referencias antiguas al uso del ajenjo en preparaciones vínicas. Aquellas fórmulas no eran todavía ni el hipocrás medieval ni el vermut tal como hoy lo conocemos, pero sí pertenecían a una forma antigua de entender el vino como algo que podía transformarse, aromatizarse y mezclarse.
Esa idea atravesó siglos de historia mediterránea. Y en Grecia encontraría, mucho tiempo después, una expresión completamente distinta.
1888: cuando Spyros Metaxa decidió crear algo que no encajaba del todo en ninguna categoría
En 1885, Spyros Metaxa invirtió 100.000 dracmas en una antigua destilería de El Pireo, el histórico puerto de Atenas. Su objetivo era crear su propio espirituoso.
Tres años después, en 1888, nació Metaxa.
La receta combinaba vinos dulces de moscatel, destilados de vino envejecidos y un conjunto aromático de plantas y botánicos mediterráneos. Una fórmula que todavía hoy explica por qué resulta difícil definir Metaxa simplemente como brandy o como vino aromatizado: la propia casa lo presenta como un espirituoso griego con identidad propia.
Durante la construcción de aquella primera destilería apareció además un objeto que terminaría formando parte de la identidad de la marca. Según la familia Metaxa, se encontró una antigua medalla con la figura de un guerrero de Salamina, en referencia a la batalla naval librada frente a las costas griegas en el 480 a. C.
Spyros decidió adoptar aquella figura como emblema y, desde 1888, el guerrero continúa apareciendo en las botellas de Metaxa.
El secreto está en mezclar tres mundos diferentes
Metaxa se entiende mejor desde el ensamblaje que desde la destilación. Sus componentes se elaboran y evolucionan por separado antes de encontrarse definitivamente en la bodega.
El primero es el vino dulce de moscatel, procedente de las islas del Egeo y especialmente vinculado a Samos, uno de los grandes territorios históricos de esta variedad. Son vinos intensamente aromáticos, capaces de aportar notas de fruta madura, flores, miel y cítricos.
En Excelencias Gourmet ya hemos recorrido la historia y las características de la uva moscatel, una de las familias de uva más antiguas y aromáticas del Mediterráneo.
En las bodegas de Kifissia, al norte de Atenas, los vinos moscateles maduros se ensamblan entre sí. Es el primer coupage.
El segundo componente son los destilados de vino envejecidos. También estos pueden proceder de distintas edades y perfiles, y pasan años en madera antes de mezclarse hasta conseguir el estilo buscado. Después llegan los botánicos: una combinación secreta de hierbas y plantas mediterráneas que aporta otra capa aromática.
Finalmente, vino, destilados y botánicos se unen y continúan su evolución en barricas de roble de Limousin dentro de las bodegas subterráneas de Kifissia, situadas entre seis y siete metros bajo tierra y mantenidas de forma natural alrededor de los 15 ºC.
Es decir, Metaxa no nace de una única elaboración, sino de una sucesión de mezclas. Vinos con vinos. Destilados con destilados. Y finalmente ambos con plantas aromáticas.
De Samos a la copa
La relación con Samos adquirió todavía más importancia en 2017, cuando la casa compró un viñedo en la isla e inició su transformación hacia un modelo de cultivo ecológico. En 2021 abrió allí Metaxa Liknon, un espacio dedicado al moscatel y al paisaje vitícola de la isla.
La bebida también ha aprendido a salir de la copa de sobremesa. Hoy aparece servida sola, con hielo y, cada vez más, en coctelería, donde su perfil frutal, especiado y vínico permite utilizarla en tragos largos o versiones de clásicos.
En cierto modo, el recorrido vuelve al punto de partida. En la Antigua Grecia, el vino podía mezclarse con agua, miel, plantas o hierbas. Más de dos mil años después, la mezcla continúa siendo una de las claves de una de las bebidas griegas más internacionales.
No es el mismo vino, ni la misma receta, ni siquiera la misma intención.
Pero la idea permanece sorprendentemente familiar: tomar el vino como punto de partida y preguntarse qué puede ocurrir cuando se mezcla con algo más.