Dos oficios, dos lenguajes. Y una sospecha que aparece al final.

Dos oficios, dos lenguajes. Y una sospecha que aparece al final.

Roberto Lorente explora la frontera entre creación e interpretación y defiende que el verdadero oficio del sumiller comienza por escuchar la mesa.
Cocinero emplatando mientras un sumiller sostiene una botella de vino en la sala de un restaurante.
El cocinero crea; el sumiller interpreta
Friday, August 21, 2026 - 15:00

Hay profesiones que empiezan en una hoja en blanco y otras que empiezan en una obra ya terminada. En un restaurante conviven las dos. El cocinero transforma el producto hasta convertirlo en algo suyo. El sumiller recibe una botella que alguien elaboró hace años, en un lugar donde probablemente nunca ha estado, y decide qué significa esta noche, en esta mesa. Uno crea. El otro interpreta.

Es una frase cómoda. La he repetido durante años, pero voy a darle una vuelta y a desmontarla antes de terminar.

Ambos oficios exigen talento y una cantidad de estudio que el comensal no ve, ni tiene por qué ver. Nos sentamos a disfrutar, que para eso hemos venido, sin reparar en las decenas de decisiones que sostienen la noche. Eso también forma parte del oficio: el trabajo bien hecho tiende a volverse invisible.

Interpretar no es un oficio menor

Conviene quitarle a la palabra interpretar el aire de oficio menor.

En 1979, Camarón publicó La leyenda del tiempo. Algunos de aquellos versos eran de Lorca y llevaban cuarenta años escritos. El disco sonaba a cualquier cosa menos a lo que se esperaba de él, y una parte de su público lo rechazó de plano, con esa mezcla de indignación y luto que solo provoca lo que se quiere mucho.

Hoy es un disco fundacional. Los poemas no han cambiado ni una coma. Cambió quién decidía cómo tenían que sonar.

Un sumiller hace exactamente eso. La botella está cerrada, terminada, ajena. Lo que decide es cómo suena. Y, a veces, su lectura contradice a la cocina en lugar de subrayarla, que es cuando el oficio deja de ser servicio y empieza a ser criterio.

Ese criterio tiene un precio: la posibilidad de equivocarse.

Pedimos un pescado y alguien nos dice, con una confianza desmedida: «No pidas el besugo, hoy mejor el pargo». En ese instante hemos entregado la decisión a quien conoce el producto mejor que nosotros. Es un pequeño acto de fe con testigos.

Si acierta, la noche se construye entera alrededor de esa frase. Si falla, hemos pagado por una opinión ajena. La autoridad en la sala no se hereda del uniforme: se sostiene plato a plato.

Por eso agradezco tanto un gesto que dice más de un sumiller que cualquier carta de vinos: que pregunte, si se da el caso, en qué rango de precio por botella quiere moverse la mesa.

No limita la experiencia. La hace posible. Interpretar no empieza en la bodega, sino en la gente que tiene delante. El lujo aquí empieza por escuchar.

Y esa sensibilidad no es patrimonio de las estrellas Michelin. Aparece, con más mérito, en sitios modestos. Una copa bien servida en un bar de carretera. Un servicio atento que no invade. Esas viejas sillas de terraza con el logotipo de una marca de cerveza, desgastadas, que acaban contando una historia sin proponérselo.

La hospitalidad rara vez depende del presupuesto. Casi siempre depende de la atención.

Su forma más pura quizá sea esa pregunta que no figura en ningún manual: «¿Os pongo una cervecita mientras decidís?».

Nadie ha consultado una ficha técnica. Alguien ha leído la mesa. Hay noches en las que el mejor vino es el que mejor acompaña un plato y noches en las que el mejor vino es el que apetece. Las dos respuestas son correctas, y distinguirlas es justamente el trabajo.

El cocinero también interpreta y el sumiller también crea

Vuelvo entonces a la frase del principio, que ya no me sirve.

El cocinero tampoco parte de cero. Interpreta un territorio, una memoria y el trabajo de un productor al que rara vez nombramos. Y el sumiller tampoco se limita a interpretar: crea un orden, una secuencia, un recorrido que no existía antes de esa mesa.

La diferencia entre crear e interpretar es mucho menos nítida de lo que resulta cómodo admitir.

Cuando pienso en los restaurantes que de verdad me han marcado, no recuerdo solo un plato. Recuerdo una copa servida en el momento justo. Una frase breve que explicaba por qué ese vino y no otro. Alguien que había entendido la mesa antes que nosotros mismos.

El cocinero abrió la puerta. El sumiller hizo que quisiera volver.

Queda una última pregunta. ¿Qué ocurre cuando en la mesa nadie bebe alcohol? ¿Desaparece el trabajo del sumiller o es precisamente entonces cuando empieza?

Llevamos demasiado tiempo pensando que su oficio consiste en servir vino. Puede que consista en interpretar personas y que el vino sea solo uno de los idiomas disponibles.

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