Diplomacia gastronómica

Diplomacia gastronómica

Rafael Ansón comenta cómo la gastronomía se presenta como una herramienta de diplomacia contemporánea capaz de construir confianza, proyectar la identidad de los países y fortalecer relaciones culturales, económicas e institucionales.
Rafael Ansón Premio Nacional Isabel de Farnesio de Diplomacia y Relaciones Internacionales, con los galardonados posando junto a sus reconocimientos en el acto celebrado
Entrega de los Premios Nacionales Isabel de Farnesio de Diplomacia y Relaciones Internacionales
Friday, June 26, 2026 - 16:45

Recibir recientemente el Premio de Diplomacia Gastronómica, concedido por el Campus Universitario Intercolaborativo de Mota del Cuervo y la Orden Civil Isabel de Farnesio, me ha llevado a reflexionar sobre una cuestión que considero esencial para la proyección internacional de nuestros países. El galardón constituye, más que un reconocimiento personal, para mí ha significado una invitación a profundizar en el papel que la gastronomía puede desempeñar como instrumento de la diplomacia del siglo XXI.

La gastronomía constituye hoy uno de los instrumentos más eficaces de la diplomacia contemporánea. En un mundo donde las relaciones personales siguen siendo el fundamento de la confianza entre países, compartir una mesa continúa siendo una de las mejores maneras de acercar culturas, favorecer el diálogo y construir alianzas duraderas.

La mesa como espacio de confianza entre países

Tradicionalmente, el papel de los embajadores y cónsules ha consistido en representar a su país, defender sus intereses y fortalecer las relaciones políticas, económicas y culturales. Sin embargo, existe otra función igualmente importante: crear y consolidar redes de contacto con las personalidades más relevantes de cada sociedad. Me refiero a representantes del mundo institucional, empresarial, académico, cultural, científico y, muy especialmente, de los medios de comunicación.

La mejor forma de establecer estas relaciones no suele ser una reunión formal, sino un encuentro alrededor de una mesa. Una comida o una cena permiten conversar con tranquilidad, conocerse mejor y generar un clima de confianza que difícilmente se consigue en un despacho. La hospitalidad ha sido, desde siempre, una de las grandes herramientas de la diplomacia.

Por ello considero que la gastronomía debe ocupar un lugar central en la acción exterior de todos los países. Las embajadas y los consulados no deberían limitarse a organizar recepciones oficiales, sino convertirse en auténticos escaparates de la identidad gastronómica nacional.

Desde mi punto de vista, sería muy interesante que cada país identificara los diez alimentos y bebidas más representativos de su tradición culinaria y que estos estuvieran siempre presentes en sus embajadas y consulados. No se trata únicamente de ofrecer productos de calidad, sino de contar la historia, la cultura y los valores que cada uno de ellos representa.

Cada alimento tiene detrás un territorio, unos productores, una tradición y una forma de entender la vida. Cada bebida refleja un paisaje, un clima y una cultura. Cuando un invitado descubre estos productos en la residencia de un embajador o en un consulado, no solo disfruta de una experiencia gastronómica; comienza también un viaje hacia el conocimiento del país que lo recibe.

La gastronomía como activo cultural, económico e iberoamericano

Esta iniciativa tendría, además, importantes beneficios económicos. La promoción de los productos agroalimentarios nacionales favorece su prestigio internacional, impulsa las exportaciones, fortalece las denominaciones de origen y contribuye al desarrollo de los territorios donde se producen. Pero, sobre todo, reforzaría la imagen de cada país a través de uno de sus activos culturales más poderosos.

Estoy convencido de que esta reflexión resulta especialmente pertinente para los países iberoamericanos, que poseen una extraordinaria riqueza gastronómica y una diversidad de productos únicos en el mundo. Potenciar la presencia de esa riqueza en embajadas y consulados supondría añadir una nueva dimensión a la acción diplomática y fortalecer los lazos culturales, económicos e institucionales entre las naciones.

Sería, además, una aportación relevante al desarrollo de la Nueva Gastronomía del siglo XXI, entendida como un concepto que integra salud, sostenibilidad, solidaridad, satisfacción y cultura. En este ámbito, la Academia Iberoamericana de Gastronomía puede desempeñar un papel impulsor, promoviendo la incorporación de la diplomacia gastronómica como una herramienta estable de la política exterior de nuestros países.

La gastronomía es, probablemente, el lenguaje universal que mejor conecta a las personas. Todos comemos, todos compartimos la mesa y todos recordamos aquellas experiencias gastronómicas que nos emocionan. Precisamente por eso, la diplomacia gastronómica posee una capacidad extraordinaria para crear vínculos de amistad y confianza entre pueblos.

El siglo XXI exige una diplomacia más cercana, más humana y más capaz de emocionar. En ese contexto, la gastronomía deja de ser un elemento complementario para convertirse en una verdadera herramienta de política exterior.

Estoy convencido de que las embajadas del futuro serán también las grandes casas de la gastronomía nacional. Lugares donde la excelencia de los productos, el talento de los cocineros y la hospitalidad de cada país contribuyan a fortalecer su imagen internacional y a construir puentes de entendimiento entre culturas.

Porque, al fin y al cabo, muchas de las grandes decisiones de la historia han comenzado compartiendo una buena mesa.

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