El verano en que comer fuera empieza a ser un lujo
Hay una escena que se repite cada verano: una familia sale de casa con la sombrilla, las toallas, la nevera portátil y varios bocadillos preparados desde primera hora. No siempre lo hace por comodidad. Muchas veces lo hace porque sentarse a comer en un restaurante de una zona costera se ha convertido en un gasto difícil de asumir.
Durante años entendimos las vacaciones como un paréntesis en el que estaba permitido gastar algo más. Una comida frente al mar, una ronda en el chiringuito, un helado después del paseo o una cena sin mirar demasiado el precio formaban parte del veraneo. Ahora, para muchas familias, cada una de esas decisiones exige hacer cuentas.
El experto en Economía Digital y docente de la Universidad Internacional de Valencia, Alejandro San Nicolás, habla de una “inflación del ocio” que amenaza con convertir las vacaciones en un producto de lujo inaccesible. Según explica, los precios pueden haber aumentado entre un 20 % y un 50 % en localizaciones costeras premium y destinos con una demanda especialmente elevada.
La expresión me parece muy acertada. Hemos hablado mucho de la subida de la cesta de la compra, de la vivienda o de la energía, pero quizá menos de algo que también afecta a nuestro bienestar: el precio de descansar, salir, viajar y compartir una mesa.
No creo que las vacaciones sean un capricho menor. Después de meses de trabajo, responsabilidades y horarios, poder desconectar unos días tiene un valor real. El problema es que ese descanso empieza a estar condicionado por la capacidad económica de cada familia. El verano continúa existiendo para todos, pero no todos pueden vivir el mismo verano.
Cuando comer fuera deja de formar parte de las vacaciones
La gastronomía es, probablemente, uno de los lugares donde esta desigualdad se percibe con mayor claridad. Quien ya ha pagado un alojamiento difícilmente puede reducir ese coste. Tampoco puede recuperar el dinero de un transporte reservado. El recorte aparece entonces en los gastos diarios: menos restaurantes, menos terrazas, menos aperitivos y más comida preparada en el apartamento o llevada desde casa.
No hay nada malo en preparar un bocadillo para la playa. A mí, de hecho, me parece una de esas costumbres sencillas que siempre han formado parte del verano. La cuestión es otra: que hacerlo deje de ser una elección y se convierta en la única forma de mantener las vacaciones dentro del presupuesto.
Una comida aparentemente normal puede dispararse con enorme facilidad. Se pide un entrante para compartir, dos platos, bebidas, quizá un postre y dos cafés. Cuando llega la cuenta, una familia descubre que ha gastado en poco más de una hora una parte considerable de su presupuesto diario.
También sería injusto responsabilizar únicamente a los restaurantes. Los establecimientos soportan alquileres elevados, costes energéticos, alimentos más caros, dificultades para encontrar personal y una actividad que, en muchos destinos, se concentra en unas pocas semanas. Que una carta haya subido no significa necesariamente que el hostelero esté ganando mucho más.
Pero tampoco podemos negar una realidad que cualquier consumidor reconoce. Hay terrazas donde se paga antes la ubicación que la comida, cartas que parecen diseñadas para aprovechar una clientela cautiva y establecimientos que aplican precios difícilmente justificables por el producto o el servicio ofrecido.
Ese modelo puede funcionar durante un tiempo, especialmente en lugares llenos de visitantes que quizá no regresen. Sin embargo, a largo plazo empobrece el destino. Cuando la restauración se convierte en una sucesión de locales intercambiables, cartas idénticas y precios inflados, la gastronomía deja de explicar el territorio y empieza a comportarse como un decorado turístico.
Me preocupa especialmente que comer la cocina local pueda terminar siendo un privilegio. Un espeto, un arroz, un pescado recién llegado a puerto o una receta tradicional no deberían convertirse en productos reservados para quienes pueden pagar cualquier importe. La gastronomía es cultura precisamente porque se comparte. Si solo está al alcance de unos pocos, pierde una parte esencial de su sentido.
El verano que vivimos y el verano que enseñamos
Hay otro factor que no deberíamos ignorar: la presión de las redes sociales. Alejandro San Nicolás sostiene que el modelo actual prioriza la experiencia compartible o “instagrameable” por encima del ahorro y que el factor emocional termina imponiéndose sobre el racional.
“El factor emocional prevalece sobre el racional, haciendo que el ticket medio crezca en pos de un futuro rendimiento emocional y un falso estado de satisfacción al compartirlo con el círculo social”.
Creo que todos, en mayor o menor medida, hemos sentido esa presión. El verano ya no parece consistir solamente en descansar, sino también en demostrar que estamos descansando. No basta con salir a cenar: parece necesario hacerlo en un espacio reconocible, pedir el plato más vistoso y fotografiarlo antes de probarlo.
No basta con tomar algo al atardecer. La copa debe aparecer delante del mar, en una terraza de moda y con la luz adecuada. No basta con viajar. Hay que construir un relato visual capaz de convencer a los demás de que nuestras vacaciones han sido especiales.
Esta necesidad de enseñar la experiencia termina condicionando la propia experiencia. Elegimos un restaurante porque aparece constantemente en redes, aunque sea más caro. Reservamos en una terraza porque sabemos que la fotografía funcionará. Pedimos ciertos platos no tanto por apetito como por su presentación.
No culpo únicamente a Instagram, TikTok o a quienes comparten sus vacaciones. Las redes no han inventado el deseo de aparentar ni la comparación social. Lo que han hecho es multiplicarlos, hacerlos constantes y convertirlos en una poderosa herramienta comercial.
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Cuando miles de personas quieren estar en los mismos lugares, pedir los mismos platos y fotografiar los mismos atardeceres, la demanda se concentra y los precios suben. Es una contradicción muy propia de nuestro tiempo: perseguimos experiencias exclusivas hasta convertirlas en experiencias masificadas.
A ello se suma el uso creciente de precios dinámicos. Hoteles, vuelos, entradas y otros servicios pueden modificar sus tarifas según la demanda, la disponibilidad o el momento de la reserva. El consumidor entra buscando un precio y, tras varias consultas o unas horas de espera, puede encontrarse con otro muy diferente.
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Estas tecnologías no siempre son fáciles de comprender. Nos obligan a comparar, revisar condiciones, comprobar el importe final y desconfiar de mensajes diseñados para provocar una compra impulsiva: “queda una habitación”, “hay otras personas mirando” o “esta tarifa puede desaparecer”.
Las vacaciones deberían comenzar con ilusión, no con la sensación de estar participando en una subasta permanente.
Quizá el verdadero lujo sea dejar de demostrarlo
Entre los consejos de Alejandro San Nicolás figura no destinar a las vacaciones más del 33 % del ahorro probable de los tres meses siguientes. No sé si esa proporción puede aplicarse por igual a todas las economías domésticas, pero comparto la idea que contiene: un verano no debería pagarse durante todo el otoño.
Planificar no significa convertir las vacaciones en una hoja de cálculo ni renunciar a cualquier placer. Significa elegir. Personalmente, prefiero una buena comida que recuerde durante meses antes que tres cenas mediocres pagadas a precio de experiencia exclusiva.
También creo que hemos infravalorado durante demasiado tiempo los placeres menos espectaculares. Comprar tomates, fruta, pan y queso en un mercado local. Preparar una cena entre varias personas. Buscar un bar frecuentado por vecinos en lugar del establecimiento que domina las redes. Sentarse en una terraza de barrio. Descubrir un pueblo del interior en vez de competir por un metro de arena en una playa saturada.
No se trata de romantizar la falta de dinero ni de presentar el recorte como una nueva tendencia aspiracional. Una familia que no puede pagar una comida fuera no necesita que le expliquemos que el bocadillo es más auténtico. Necesita precios razonables, salarios suficientes y una oferta turística que no la expulse.
Pero sí podemos preguntarnos qué parte de nuestro gasto responde al placer real y cuál nace de la obligación de aparentar. Quizá algunas vacaciones se han encarecido porque estamos intentando reproducir un modelo de verano que vemos constantemente en las pantallas y que muy pocas economías pueden sostener sin dificultades.
El veraneo de 2026 no es un lujo inaccesible para todo el mundo. Todavía existen destinos próximos, casas familiares, pueblos de interior, alojamientos modestos, restaurantes honestos y formas de descansar que no exigen un desembolso desmedido.
Lo que sí se está convirtiendo en un lujo es la versión más publicitada del verano: viajar en las semanas más caras, dormir en primera línea, comer diariamente fuera, pedir copas al atardecer y documentar cada momento para las redes sociales.
Quizá deberíamos dejar de preguntarnos si nuestras vacaciones parecen suficientemente buenas y empezar a preguntarnos si realmente nos hacen sentir bien. Porque el descanso no debería medirse por el precio del alojamiento, la ubicación de la mesa o el número de fotografías publicadas.
Para mí, el verdadero lujo sigue siendo mucho más sencillo: disponer de tiempo, comer algo que merezca la pena y compartirlo con personas cuya compañía no necesite ningún filtro.
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